“– Ven, pequeña pooka, acércate. Come algo.”


Kadja llevaba desde la noche anterior buscando a su hermana por la zona boscosa hacia la que había salido corriendo durante el bombardeo. El temblor de la tierra cada vez que restallaba una explosión, el ensordecedor aullido de las sirenas de emergencia y el fuerte olor a quemado no la habían detenido durante la noche, y el hambre y la sed no habían hecho que se parase durante el día.

Pero había anochecido de nuevo, y estaba tan cansada…

Había encontrado la hoguera encendida y se había sentado con la esperanza de que su dueño volviese para poder preguntarle si con un poco de suerte había visto a Nicole.

Unos minutos más tarde escuchó pasos pesados acercándose y, llena de miedo, corrió a esconderse tras un árbol mientras una sombra aparecía entre la espesura. Reunió fuerzas suficientes para asomar la cabecita y volver a mirar hacia el fuego, pero a punto estuvo de salir corriendo al oír un terrible estruendo procedente de esa dirección, hasta que se dio cuenta de que se trataba del hombre junto a la hoguera riéndose con una boca llena de dientes descolocados.


Demasiados dientes.

Demasiada boca.

– ¿Ya te has cansado de jugar al escondite? Ven, pequeña pooka, acércate. Come algo.

– No tengo hambre, muchas gracias.

La ronca risa del hombre volvió a sobresaltar a la niña, que dio un par de pasos hacia atrás hasta toparse con otro árbol, y se paró a mirar. El hombre parecía mayor, mayor a ojos de la pequeña, vestido con ropa harapienta y sucia. Cargaba con un saco de tamaño mediano, su camisa tenía una estrella cosida, y llevaba unas botas militares manchadas con un barro oscuro, casi negro, y una gorra de paño que a la luz del fuego parecía naranja, pero bien podía ser roja o granate.

Milky pensó que se iba a desmayar cuando el hombre, con su gran nariz ganchuda se acercó a ella para alborotarle el pelo y volver a sentarse al otro lado de la hoguera.

– No, seguro que no tienes hambre y seguro que tampoco estás cansada.

Pasito a pasito, la pooka se acercó al extraño que le ofrecía un cuenco de carne con un olor peculiar. La niña se subió a un tocón cercano y probó una cucharada del guiso.

No sabía a nada.

Nada había tenido nunca sabor para ella desde que tenía memoria, pero no era capaz de reconocer la textura de la carne ¿Cerdo? ¿Ternera? Ni idea.

– Esto está riquísimo señor…

– Filibert, puedes llamarme Filibert.

– ¿Señor Flirber, ha visto usted por casualidad una niña pequeña, bueno, más pequeña que yo, por el bosq-?

– Hm… NO, “Flirber” no.- Interrumpió el hombre bruscamente- ¿Es que nadie te ha enseñado lo importantes que son los nombres? ¿Quién es tu mentor?

– Oh, perdón, mi padre no está en casa. Hace tres meses era un padre y llevaba sombrero de padre y hacía cosas de padre, pero un día se puso un casco de soldado y dejó de ser un padre para irse a hacer cosas de soldado con su casco de soldado. Por eso estoy buscando yo a mi herma-

– Hmm… No, no tu padre.- Volvió a interrumpir- Tu mentor ¿No tienes mentor?

– ¿Mi qué?

– Hmmm…- Los gruñidos de Filibert antes de cada frase hacían que Milky se estremeciera de miedo, pero estaba siendo amable con ella así que decidió ser valiente. –Pues tenemos un problema, no eres un redcap. Y yo sólo sería mentor de uno de los míos, los pooka dais mucho trabajo.

– ¡Pues qué suerte, porque yo también soy un redcap! ¡Puedo ser un redcap! ¿Puedo ser un redcap? ¿Qué hace falta para ser un redcap?

– HMM… NO, no puedes ser un redcap porque NO eres un redcap.

Ante la contundencia de la negativa, los ojos de la pequeña mapache se llenaron de lágrimas tras el sobresalto.

– Puedo intentarlo, a lo mejor si hago fuerza me salen más colmillos…

– ¡HE DICHO QUE NO!

La voz del redcap hizo que definitivamente las lágrimas que anegaban los ojos de Milky decidieran darse un paseo hasta la bufanda que llevaba puesta.

– Yo… yo tenía un amigo… a lo mejor si le pidiese ayuda podría funcionar. Antes me acompañaba a todos lados, pero se hizo pequeño para ir a Londres y tuvo un accidente. Sólo hace falta llevar algo rojo en la cabeza para ser redcap ¿No?

La niña se sorbió la nariz y llevándose los puños a la barbilla, lanzó el cantrip en el que estaba pensando. El redcap contempló la imagen quimérica que acababa de aparecer en la cabeza de la niña: una simpática langosta de color rojo vivo, bien asentada entre los moñitos que la adornaban. Sin valor para tirar por tierra el embuste, Filibert resopló pesadamente.

– De acuerdo, canija, me has convencido. Puedes venir conmigo, pero no te acostumbres porque no será para siempre.

La pooka se secó las lágrimas y pasó la mano por el lugar que vidas atrás había ocupado su querida quimera sobre su cabeza, donde ahora la imagen ficticia de la misma movía alegremente las pinzas envuelta en glamour.

– Bueno, como ahora viene él conmigo no pasa nada, cuando estoy sola pienso en mi amigo. Bob siempre ha sido más valiente que yo.

 

Realizado por: Luna