La hierba se movía al son del aire. La triste Sidhe miraba hipnotizada el precioso jardín de detrás de su casa. Vestida de forma muy elegante, reposa sentada en los escalones del porche de la parte de atrás de la casa, en la privacidad de ojos ajenos. Su pelo está suelto ondeando un poco con la brisa del aire. Pero sus ojos estaban rojos y su cara marcada por la reciente tristeza que ha vuelto a sufrir, de forma recurrente. Y es que, es inevitable no llorar por ese sentimiento.


Recuerda anteriores tiempos, todos ellos felices con Ariant. Él siempre ha luchado por ella y ella siempre le ha amado. La frustración de no poder darle todo, es lo que atormenta su alma. Tan solo recordar ese error del pasado, hace que se lleve la mano al pecho, agarrándose la ropa, compungida por el agobio y el dolor que está sintiendo.


Levanta la mirada con los ojos llenos de lágrima, los labios levemente separados intentando no emitir ningún sonido. La joven Puquy recoge flores del jardín. Está ilusionada por venir a esta casa, pasar tiempo con ella, acompañarla. La pequeña siente que algo va mal, y no puedo dejar así a su amiga. Nunca antes habían coincidido en otras vidas, pero ambas se sienten seguras y acompañadas la una con la otra.


Puquy es una joven Boggan, que en la dulzura de su inocencia, ha aprendido la picaresca de saber moverse entre la gente, de saber sobrevivir en este mundo. Pero con ella, con la noble de alta cuna, es de una forma muy distinta. No por su cargo, sus riquezas, su marido o su influencia, sino por un sentimiento profundo de amistad que le tiene a ella. Y es que Puquy es demasiado avispada y el ramillete de flores que prepara, no es para ella misma como había prometido.


La joven Boggan se acerca a la Sidhe, con intención de darle las flores, pero la noble Sidhe está absorta en un mal pensamiento y es por lo que está a punto de romper a llorar. La Boggan pronuncia su nombre preocupada al verla en ese estado: “¿Jarvinia?”. Ella levanta la mirada mientras las mejillas comienzan a recorrer su cara.


La infantil abraza fuerte a su amiga, rompiendo todo protocolo, haciendo que la triste noble estalle en un llanto de tristeza. Dicen que el llanto de un Sidhe no hace mucho ruido, pero la imagen de los seres más hermosos del mundo con las lágrimas recorriendo sus mejillas, es de los eventos más tristes que un ser puede contemplar en su historia.


Ambas dos comienzan a llorar, Puquy le pide que no piense más en ello, que no se deje llevar. Ambas dos se serenan un poco y se miran a los ojos, al final Jarvinia habla. Le cuenta a la pequeña como hace muchas vidas cometió un error, le cuenta la historia de cómo se enfrentó a una Reina rota por la tristeza para llevar su carga, como casi se deja corromper por el poder rompiendo algunos juramentos y como el Ensueño estaba decidido a llevársela.


Esta historia no la conoce ni el propio Ariant, esta  historia no la conoce nadie, solo la pequeña. Vinieron a por ella y tuvo que hacer un pacto, una noble que serviría por toda la eternidad a otra noble, por eso su destino estaba tan ligado a ese otro ser. No tuvo más remedio, era eso o la pena de muerte eterna, su falta había sido demasiado grave como para que otros la dejaran pasar.


Aceptó su culpa esperando el fin, pero uno de los seres del juicio, decidieron que no era suficiente, que debía sufrir. Ella había cometido un gran error y debía pagar a lo largo de sus vidas, no en una simple ejecución. Le quitaron su mayor deseo para que ella siguiera existiendo: ser madre.


Jarvinia levanta la cabeza y en su tristemente eterna mirada, se puede ver el dolor y el sufrimiento de varias eras con esa frustración. Coge la cara de Puquy de forma suave:
“Eres lo más parecido a una hija que he tenido, y mi corazón así te ama pequeña Puquy”.


La pequeña sonríe y le entrega las flores, dándole un beso a la noble en la mejilla, llorando de felicidad. Ambas dos pasan un rato de desahogo que termina en una sonrisa, abrazadas en una preciosa puesta de sol.


Pero es hora de que Puquy marche a su casa, ha tenido la mala suerte de no ver a Ariant, no solo para saludarlo, sino para contarle. Otro día tendrá esa oportunidad ya que, se marcha muy preocupada por su amiga.


Jarvinia camina en el interior de la casa, pensando en lo ocurrido, trayendo a su mente viejos recuerdos. Sabe que hay una solución, pero es a un alto coste. Una solución que la trae de cabeza desde que hace varios días dos seres la visitaron. Una decisión que no es capaz de tomar a la ligera.


Se acerca al cajón de uno de los muebles, para sacar de él un muñeco de paja, con un lazo rojo atado en el cuello. Un gran debate se crea de nuevo en su mente. Jarvinia se pierde en sus pensamientos y posibilidades mientras mira impotente el pequeño muñeco.