“El mejor guerrero de todos los tiempos, no encuentra rival ni comprensión. Lleva demasiado tiempo confinado en el desierto rojo. Su única compañía, la Oráculo del Búho.

Su mayor enfrentamiento fue cuando aquel retorcido ser, que destruyó en el pasado su tierra se arrastró hacia este continente. No tuvo suficiente con aniquilar a gran parte de la estirpe de las hadas en el antiguo Japón, sino que también rompió túneles y caminos hacia otros feudos y lugares del Ensueño.

Ese caballero de completa armadura, ataviado con una bufanda azul se vio atraído por la fuerza del Diente de Jade. Aquel objeto que nunca debió dejar las manos del mejor guerrero de todos los tiempos. Por eso se produjo la desdicha. Por eso comenzó el apocalipsis de su tierra. Fue traído a este continente para construir lo que fue destruido allí. El guerrero también lo podía sentir y en otra vida los siguió, proseguido de otra y otra. Pero ahora le ampara el Oráculo del Búho. Ahora tiene posibilidad de éxito.

Los dos entes chocaron. El gran guerrero, el Oni de la guerra, el Troll rojo, consiguió herir en un brazo al caballero. Herida, que portará el resto de sus vidas. El gran guerrero tenía la forma de matar a cualquier ser de forma definitiva ya que, portaba con él una espada que nunca debió ser empuñada por otro que no fuera el Dragón Azul. El enfrentamiento finalizó en tablas y ambos se retiraron.


El ente maligno fue tan debilitado que tuvo la desgracia de ser esclavizado por algún ser del Ensueño que habita estas tierras. El gran guerrero y la Oráculo del Búho, cayeron en la pesadilla del Desierto Rojo y se encuentran encerrados en ella. Custodian ambos estas tierras feéricas, como si les fuera la vida en ello. Algún día romperán el maleficio y sin duda, el guerrero volverá a ser libre, sin portar más lastres que los que coge voluntariamente para salvar a los demás.

Pero es que el Desierto Rojo está lleno de peligros y no solo los que ya habitaba en él. Sino los que ha arrastrado el gran guerrero con él: la Nervosa y la Chica del Purgatorio del cuál escapó.

El gran Búho acababa su relato apoyado en aquella duna. Era tan grande que con que simplemente remontara el vuelo, sepultaría a las tres figuras. Podría ser más grande que un edificio y un ave rapaz tan grande, podría suponer un peligro para cualquiera. Su plumaje marrón, blanco y gris, le daba un aspecto noble, pero aún tiznado por la juventud.

Delante de él, tres Changeling escuchan atónitos. Uno, un Pooka con pinta de corsario, con rasgos de perro, que de reojo busca con la mirada una salida de la situación, sentado tranquilamente en el suelo. A su lado, un rechoncho Boggan no para de fumar de su pipa por el nerviosismo de la situación, ya al parecer bastante entrado en edad, su musculatura dice que ha corrido muchas aventuras y aún le queda alguna más por vivir. Finalmente, un joven Troll infantil vestido como un vaquero, que a duras penas levanta su espada a dos manos del suelo, agotado ya por la espera de ver si el gran Búho les va a atacar o no.

El animal, una vez acabado su relato, extiende sus alas y abre su pico en posición amenazante. Es cuando preveen las hadas que al fin van a ser devoradas por la criatura. Pronto se movilizan, aunque impactados por el calor y el cansancio, de forma evasiva para no ser víctima de las garras y el pico de la temible y gran criatura.

El corsario prepara su pistola al igual que el Troll su revólver, abandonando antes en la acción evasiva su gran espada. No hay rastro del Boggan en la polvareda levantada por el revuelo. El enemigo es muy superior y ellos están al borde del colapso en sus fuerzas. Saben que se acerca su fin, pero quieren plantar cara hasta el último aliento.

De repente, el Búho para. No remonta el vuelo, no ataca, solo ha levantado polvo. El Boggan sale de en medio de la nube ileso uniéndose a sus compañeros. Nuevamente solo les contempla. ¿Es una trampa? No, es que se avecina algo mucho peor.

La energía comienza a sentirse en el ambiente. La arena empieza a removerse con cada paso que el guerrero rojo da entre las dunas. Es como si una fuerte aura de poder recorriera todo su cuerpo e influyera en su entorno. El gran Troll rojo anda despreocupado, con el torso desnudo, mostrando sus grandes cuernos negros, uno de ellos partidos y una melena blanca como la nieve recogida en su espalda. Lleva el cuerpo lleno de cicatrices y una extraña marca en la frente. Se aproxima a las Hadas mientras desenvaina de forma ceremonial una gran katana negra con algún detalle rojo en su empuñadura.

El Pooka despreocupado, pronto se acerca al Troll rojo, a uno de los suyos, a intentar no pedirle ninguna ayuda, pues la naturaleza del Pooka no se puede obviar. El Troll rojo no duda, con un simple movimiento de las dos manos, hace un corte limpio en la mitad del ser feérico, estallando de Glamour de dentro a fuera y cayendo su cuerpo humano e inerte en el suelo. Los otros dos, automáticamente se ponen en guardia.

No son rivales para el guerrero, el cual con un par de movimientos elimina a los otros dos Changeling de la misma brutal forma. Da igual lo que hagan o que armas utilicen, el guerrero siempre es más rápido, diestro o sabe cómo esquivar el ataque. Derramada la sangre, clava su espada en el suelo, gritando de furia como un animal apunto de desbocar. Su grito se escucha en cualquier lado del desierto, y la estática de la zona se eleva. Una honda se genera a su alrededor apartando la arena, haciéndola flotar, hasta que todo se tranquiliza. Simplemente se pone en pie, para ver como la arena comienza a moverse por sí misma, para ver como el desierto rojo engulle los cuerpos de los caídos y para dar a entender, porque ese es el color de su arena.

El gran Búho se remueve un poco ante el espectáculo. Sabe que matar está mal, y más si son seres del Ensueño. Comienza a preparar su réplica:
- Así no vamos a ningún lado… - lamenta el Búho buscando con su mirada a la Oráculo sin suerte.
- ¡Cállate bola de plumas! – dice el Troll rojo.

Y Kusho volvió a la inmensidad del Desierto Rojo sin decir nada más al gran Búho Erakures.