La casa no era propiedad de cualquiera y es que se notaba el derroche de dinero en toda ella. Hasta el papel de la pared parecía difícil de conseguir en aquellas tierras, esos muebles tan barrocos, alfombras de lejanos países e incluso cortinas de seda. La disposición de la pequeña mesa de te con los sillones alrededor le daba un aspecto acogedor, pero tremendamente caro. Solo el juego de té podría llegar a las varias decenas de dólares.

 

En uno de los sillones, un hombre vestido completamente de blanco impoluto. Buena chaqueta y pantalón con magistrales zapatos acompañados de una amplia sonrisa. Un bigote estilizado bien alargado y un pelo a media melena engominado hacia atrás. Finalmente el hombre ríe rompiendo el silencio, incrédulo sin entender lo que le están contando. A su espalda dos hombres más menudos, claramente de otra casta, con ropas de más de calle. Ambos armados con un rifle de palanca en la mano a disposición de guardias, como si dudaran de la visita actual.

 

Pero la visita era taimada, tranquila y serena. Dos muchachas de pelo rubio y ojos azules, una más joven que la otra. Aspecto atlético, semblante apagado y poco dicharacheras. Vestidas con preciosos vestidos de la época, de alto coste también, quizás no como los del anfitrión pero si de muy buen ver. Ellas dos son muy parecidas, se podría decir que son hermanas. Una es más alta que la otra, la mayor y la pequeña. Esta última se concentra en tomar el té de la forma correcta, mientras la otra es la que habla. La carcajada del anfitrión, no hace que pierdan ninguna de las dos la compostura.
- Irrumpís en mi casa, y así de buenas a primeras, me exigís, vuesas mercedes, ¿qué les dé la información sin más? – el anfitrión vuelve a reír una vez más – Debéis estar desquiciadas.
- Un código nos exige comportarnos, por favor, sea gentil. Sólo queremos la información, estamos dispuestas a… - Suspira de forma profunda la hermana mayor, como si le costara lo que va a decir – Pasar por alto todas sus actividades y de donde consigue su beneficio. Simplemente pasaremos de largo por saber al menos una dirección que seguir.

 

El hombre se pone serio de repente, no le han gustado esas últimas palabras:
- ¿Me están amenazando? – dice el hombre con un tizne de poder estallar de rabia en cualquier momento.
- Si – dice la hermana pequeña volviendo a colocar la taza en su sitio, habiendo terminado de beber – Creo que es hora de poner las cartas sobre la mesa de una vez, sombríos.

 

Eso último no gusta nada al anfitrión, levanta la mano para dar la orden y sus dos hombres se disponen a entrar en acción. La chica mayor lanza un paraguas a uno de ellos, que nadie sabría decir de donde lo sacó. Impacta contra el pecho haciéndole retroceder y ganar unos segundos valiosos para la pequeña. Esta última se levanta, cogiendo un bastón que tenía a mano, muy bien ornamentado y golpea en el rifle del otro hombre antes de que la apunte. Rápidamente gira sobre sí misma y da al otro en la cabeza, cayendo este redondo al suelo. Sin estar contenta con su destreza y movimiento, continua su grácil danza girando, golpeando en el abdomen al que quedaba desarmado y posteriormente en la barbilla. Ambos quedan fuera de combate

 

La mayor se dedica a beber de la taza mientras el anfitrión mira aterrado detrás de ella.
- Busco a mi hermana pequeña por parte mortal, Angélica María St. Claire. No demostraré más paciencia de la que tengo, él mucho menos. Seguro que os suena, ¿no fue llamado en una tierra lejana por vuestra tía Rhody? ¿Acaso no sabe que no puede haber Luz sin Oscuridad?

 

 

La casa no era propiedad de cualquiera y es que se notaba el derroche de dinero en toda ella. El mausoleo parecía tétrico, hasta la última esquina intentaba estar cubierta de lujo, sin conseguir hacer desaparecer esa oscuridad de sus paredes y el suelo. Aquel lugar estaba claramente habitado por criaturas que sobrepasaban la Corte Oscura. La disposición de la barroca mesa llena de ornamentos de metal y azulejos, rodeada de unas sillas de dos plazas parecidas a los tronos del medievo, le intentaba dar un aspecto acogedor rozando lo terrorífico, pero tremendamente caro. Solo el juego de té podría salvarse de toda aquella mancha, pareciendo blanco, reluciente e impoluto, desentonando con el resto de la habitación.

 

En uno de los sillones, un Redcap vestido completamente de negro intenta mantener su gran y temible mandíbula cerrada ante la visita. Atuendos dignos de un Conde de la zona, las mejores galas en su túnica y una ornamentada capa que hubiera sido la envidia de cualquier caballero del medievo. Un bigote estilizado excesivamente alargado caracoleaba sobre sí mismo y un pelo a media melena dibujando tirabuzones hacia atrás, confundiéndose con la capa. Finalmente el hombre ríe rompiendo el silencio, incrédulo sin entender lo que le están contando. A su espalda dos duendes más menudos, claramente de otra casta, con grandes armaduras completas oscuras, sin dejar ver ninguna parte de su cuerpo o cara. Ambos armados con un gran sable acabado en revolver, que igual podría ser un sable decapitador o un disparo lejano asesino. Claramente dudaban de la visita actual.

 

Pero la visita era taimada, tranquila y serena. Dos hadas de pelo rubio y ojos azules, una más joven que la otra. Aspecto atlético, semblante apagado y poco dicharacheras. Vestidas con plateadas armaduras, con el yelmo sin colocar, la capa apoyada pertinentemente en el respaldo del asiento, los guanteletes a su vera y el escudo de los Belerofonte en el pecho. Claramente eran las hijas del gran caballero que en el pasado destruyó a Quimera. Las dos Sidhe son muy parecidas, se podría decir que son hermanas. Una es más alta que la otra, la mayor y la pequeña. Esta última se concentra en tomar el té de la forma correcta, intenta que su armadura no tintinee para no molestar a los presentes, mientras la otra es la que habla. La carcajada del anfitrión, no hace que pierdan ninguna de las dos la compostura.


- Irrumpís en mi casa, y así de buenas a primeras, me exigís, vuesas mercedes, ¿qué les dé la información sin más? – el anfitrión vuelve a reír una vez más enseñando todos sus temibles dientes – Debéis estar desquiciadas.
- Un código nos exige comportarnos, por favor, sea gentil. Sólo queremos la información, estamos dispuestas a… - Suspira de forma profunda la hermana mayor, como si le costara lo que va a decir – Pasar por alto todas sus actividades y de donde consigue su beneficio. Simplemente pasaremos de largo por saber al menos una dirección que seguir.

 

El hombre se pone serio de repente, no le han gustado esas últimas palabras:
- ¿Me están amenazando? – dice el hombre con un tizne de poder estallar de rabia en cualquier momento.
- Si – dice la hermana pequeña volviendo a colocar la taza en su sitio, habiendo terminado de beber – Creo que es hora de poner las cartas sobre la mesa de una vez, sombríos.

 

Eso último no gusta nada al anfitrión, levanta la mano para dar la orden y sus dos duendes se disponen a entrar en acción. La hermana mayor enarbola una lanza que no duda en usar contra uno de ellos, nadie sabría decir de donde lo sacó. Impacta contra el pecho de la armadura de uno de los duendes, haciéndole retroceder y ganar unos segundos valiosos para la pequeña. Esta última se levanta, cogiendo su maza, muy bien equilibrada aunque pesada y golpea en el arma del otro duende antes de que la apunte o tan siquiera la intente atravesar. Rápidamente gira sobre sí misma y da al otro golpe tremendo en la cabeza, cayendo este redondo al suelo. Sin estar contenta con su destreza y movimiento, continua su grácil danza girando, golpeando en el abdomen al que quedaba desarmado y posteriormente en la barbilla con otro brutal golpe. Ambos quedan fuera de combate.

 

La mayor se dedica a beber de la taza mientras el anfitrión mira aterrado detrás de ella. Se ha quedado congelado sin poder tan siquiera levantarse al ver una figura fantasmal del pasado. Detrás de la Sidhe aparece la personificación de la oscuridad, un caballero proveniente de las pesadillas más profundas, con armadura plateada y bufanda azul. Aunque parece herido y gotea sangre azul, rápidamente levanta su espadón en un halo de magnífica fuerza y temeridad. Para desgracia del Redcap, el caballero espera una orden.
- Busco a mi hermana pequeña por parte mortal, Angélica María St. Claire. No demostraré más paciencia de la que tengo, él mucho menos. Seguro que os suena, ¿no fue llamado en una tierra lejana por vuestra tía Rhody? ¿Acaso no sabe que no puede haber Luz sin Oscuridad?