El saloon vibraba con vida propia aquella noche. En el norte de Texas estaban de celebración, y es que para ellos es festividad el fin del verano. La pianola no paraba de sonar mientras muchos no solo canturreaban a coro, sino algunos también bailaban. El vibrar de los pequeños vasos chocar al aire llenaba el ambiente, proseguido del suspiro de un buen trago de whiskey o zarzaparrilla.


Y es que no era para menos. En aquel pequeño pueblo de tan solo 156 habitantes, la mayoría eran familias de campo. Los ranchos se extendían por aquella fértil llanura y el pequeño pueblo conformaba el núcleo de intercambio, pequeños negocios comunes y alojamiento para aquellos que van de paso. En este caso, también diversión.


Las horas comenzaban a avanzar y pronto los niños y sus madres se retiraron a descansar. Pero esa noche era especial, y muchos decidieron quedarse más, tantos hombres como mujeres, en su mayoría solteros. Las familias se retiraban al descanso y la fiesta quedaba en poder de los jóvenes.


Pronto, una diligencia de desconocidos hacía su aparición, en su mayoría mujeres. Espectáculos de todo tipo y garantía de gran diversión y satisfacción. No hizo falta mucho más para que fueran invitados a la fiesta. Les daba igual las horas a las que llegaban, de donde venían o hacia donde se dirigían, solo querían de forma hogareña que disfrutaran con ellos de la celebración.


Comenzaron los espectáculos, desde aros de fuero manipulados en el aire hasta bonitas canciones cantadas con la pianola u otros instrumentos europeos que traían entre sus maletas. Pronto algunas chicas llegaron a acuerdos monetarios con algunos de los jóvenes, para llenar las habitaciones de la planta superior, alguno incluso se podría decir que era algún marido desconforme con lo que tenía en casa. El dueño, ¿qué podía decir? Podría parecer indecente pero sus bolsillos cada vez tenían más dinero así que no sería quien se interpondría.


Pero si lo haría el sacerdote de la ciudad. Había terminado sus labores y escuchado el alboroto de la fiesta, algo que llenaba su corazón de júbilo a pesar de su avanzada edad. Le encantaba ver a su rebaño feliz. Pero, la caravana desconocida le puso algo en alerta y decidió comprobar quien había llegado nuevo al pequeño pueblo. Cuando entró en el salón, le pareció una celebración normal y en una fiesta nadie tiene porqué disimular. Cuando comenzó el abrir y cerrar de puertas, aquello le pareció Sodoma y Gomorra, y no pudo evitar el viejo párroco comenzar con su sermón a alguno de los presentes.


Finalmente la ira del viejo sacerdote fue aplacada con un buen trago y algunos jóvenes turnándose para hablar de sus réplicas y que les señalara todo lo que le parecía mal. Los que tenían más labia se atrevieron a decirles que era solo un día de festejo, que Dios tenía los suyos propios a la semana. El anciano veía cada vez todo aquello con mejores ojos, nunca se podría decir si fue gracias a la dicharachera conversación de aquellos jóvenes que se turnaban para hablar con él, o de cómo iba subiendo su nivel de alcohol en sangre. Probablemente fuera la último viendo la postura del beato hombre, que finalmente tuvo que sentarse y asentir con la cabeza al ritmo de la pianola.
Con el sacerdote borracho, ya no había más barreras que les impidiera divertirse. Los ranchos estaban algo distanciados para ser molestados por el ruido, lo único que tenían que intentar sería no realizar ningún disparo al aire. Podría haber sido mucho peor pensaron muchos, hasta que comprendieron lo que se les venía encima.

 

 

La fiesta continuaba y alguien entró nuevo en la sala. Una mujer de esculpida figura, vestida de forma muy ajustada y totalmente de negro. Llevaba sus brazos tapados por telas, así como sus manos. Su largo cabello negro caía por su espalda mientras el sombrero de ala no dejaba ver bien su cara. En su cintura reposaba en su funda un revolver de gran calibre y otro más pequeño en la espalda. Cada uno de sus pasos era sonoro a los que estaban a su alrededor, los cuales no podían evitar girarse, y afuera para intentar ver quien es o atraídos por sus curvas.


Ella se aproximó sin hablar con nadie a la barra, y con un simple golpeo doble con el nudillo en esta, el dueño del local sabía que quería un trago. Al momento dejó un dólar de plata encima de la barra, bebió su trago y pidió otro más. El hombre que la atendía no podía quitar los ojos de encima de ella, pero no como los demás. Su mirada era de terror y miedo, esperando a que algo funesto fuera a ocurrir.


El sacerdote al otro lado de la habitación pronto se levantó y la señaló gritando a voces: “El Diablo está entre nosotros”. La música paró, el bullicio paró y el traqueteo de las maderas de arriba dejó de sonar. Algunos se asomaron a la barandilla del piso superior a ver que ocurría. El silencio se hizo mortalmente incómodo durante varios segundos. Ella se limitó a beber su segundo trago.


Un muchacho atrevido, uno que se consideraba por así decirlo, el guía de los más pequeños y su protector, se aproximó a la joven y le preguntó si podía ayudarle en algo o qué le traía a su pequeño pueblo. Ella no habló mientras él insistía:

- Verá señorita, hace unos días vino el Sheriff del condado a advertirnos. Aquí no hay ninguna fortuna ni cosas valiosas, somos un pueblo tan pequeño que no requiere ni de un Marshal. Nos advirtió de una mujer que viaja sola y que por lo visto es buscada por una fuerte recompensa. Comentaban los miembros de la autoridad que su marca es llevar uno de sus brazos tatuados hasta la punta de los dedos...

La chica se gira al joven, dándole la oportunidad de verle la cara y este al momento cae para atrás del espanto y sale corriendo entre alaridos del local. Ella intenta pedir otro trago colocándose nuevamente el sombrero pero pronto se escucha el amartillear de un revolver.

- Señorita – dice el muchacho tragando saliva – Descúbrase los brazos por favor.
- Debes estar seguro de poder usar eso. Doce en esta sala van a morir si fallas y entre ellos tú, ¿qué vas a hacer? – dice ella, con una voz fina, dulce y sonora.
- Debo insistir… - dice el muchacho con toda la inseguridad del mundo.


Ella se gira hacia él y descubre las telas de sus brazos. En uno de ellos se puede ver un claro tatuaje que va desde la punta de sus dedos y se pierde en su ropa, en la otra nada. Pero resalta la particularidad de que su piel es totalmente negra azabache y sus dedos acaban en unas pequeñas uñas como cuchillas. El muchacho da un paso atrás, entendiendo que tiene delante a la famosa “Mano del Diablo” y que las leyendas que cuentan de la más rápida del oeste son pocas, verdaderamente es un monstruo por lo que está viendo.


Pero él se queda plantado y no huye. Se queda inmóvil cuando las balas comienzan a silbar, ni tan siquiera puede verla moverse. Solo escucha la sangre salpicar las paredes, los cuerpos caer al suelo, los gritos de súplica o los lloros y ni un solo disparo de respuesta. Veintitrés segundos han bastado para que ese muchacho quede con los ojos cerrados y no quiera abrirlos. Sabe perfectamente que todos a su alrededor están muertos y ahora comienza a escuchar los pasos hacia él.


Pronto siente el cálido tacto del revolver recién disparado debajo de su barbilla y ella le dice claramente:

- No vas a contarle a nadie lo que has visto, o tú y toda tu familia no llegareis al final de la semana. Ahora, cuando consigas moverte, vas a buscar a ese Sheriff del condado y le vas a decir que me dirijo hacia Grimwood. A él y solo a él, nadie más. No te tomarán en serio, dudaran de ti. Te desesperarás, contaras lo que has visto en mí y te darán por loco. Volverás a tu casa y encontrarás a tu familia muerta porque has faltado a tu palabra y yo te esperaré para hacer parecer que lo has hecho tú y después te has quitado la vida. Entonces y solo entonces, ese Sheriff avisará al Sheriff del condado de Gillespie y hasta es posible que movilicen a algún federal, pero eso ya no será problema tuyo. – Ella amartillea el revólver - ¿Y bien? ¿Por qué no te pones en movimiento? ¿O crees que no puedo enviar a otro a realizar esto? ¿Piensas que voy a dudar como tú? ¿No te remueve la conciencia toda la gente que ha muerto por ni haberte movido?

El muchacho al momento abre los ojos intentando no mirarla a ella. Está demasiado asustado y roto por dentro como para descubrir que tiene delante y para su desgracia, paso por paso se va cumpliendo el destino que le acaban de anunciar.