En el comienzo de un desierto en el oeste meridional de EEUU, un hombre habla con dos pequeños. El sol está cayendo y el viento aún no ha traído el frio invernal nocturno del desierto. Un caballo en bastante buena forma reposa cerca de ellos, mientras el humo de un pequeño campamento improvisado comienza a disiparse en el cielo.

 

Son muy dispares, entre ellos, no parecen ser familia. La niña es pelirroja y pecosa, largo vestido blanco con franjas azules mientras se divierte rebuscando en su mochila, eligiendo con cuál de las dos muñecas de trapo va a matar el tedio. El niño es rubio y alto, quiere ser mayor y aún no tiene edad, viste como todo un hombrecito con vaqueros y camisa de cuadros, intentando emular el hombre que aún no es. Por sus ropas quizás sean de una familia de rancheros, y quizás no les vaya nada mal.

 

El hombre que les acompaña no es nada joven, pero tampoco muy mayor. Viste como cualquier pistolero que quiere intentar pasar desapercibido y atravesar un desierto. Vaquero, camisa simple, un cinturón con su revólver, un látigo y un poncho roído que seguramente le protegerá de la arena.

 

Parecen involucrados en una charla, hablan entre ellos, y por lo que se ve, hablan de cuentos. No de ninguno en particular, pero si en lo que podría estar convirtiéndose el mundo:
- Es una realidad muchacho. La gente ya no quiere escuchar historias llenas de emoción y criaturas grandes y temibles. Los míos estamos en peligro de extinción. No recuerdo aún el último lugar donde todos vivían en armonía y tranquilos. Pero… ¿sabes qué? Yo no pierdo la esperanza. Las viejas historias volverán. Estoy seguro de ello – El pistolero saca una cerilla, la cual enciende con la suela de su bota y acaba de encender su cigarro. Se pone su sombrero en la cabeza y se ajusta su cinturón mientras una leve nube de humo comienza a rodearle, parece disfrutar de ese momento de paz. – Y tu muchacho, ¿qué quieres escuchar?

 

El niño se encogió de brazos mientras su pequeña hermana ya rendida, se sienta encima de una piedra a jugar con sus pequeñas muñecas de trapo. No parecen divertirse en demasía. Finalmente, el niño dice con un hilo de voz:
- Me gustaría escuchar de la banda de James y los suyos. Quiero saber historias de fugitivos y escuchar como burlaban a la ley y se escapaban.

 

El pistolero se limitó a reír y levantar un poco su sombrero para verlo mejor.
- ¡Diablos muchacho! ¿Quieres escuchar historias de gente que rompe las leyes, roba a la gente y matan a todo el que pueden?

 

El chico duda, acaba de caer en todo lo que está mal y lo que esa gente realmente hace y representa. Intenta justificarse pero termina por callar y mirar al suelo avergonzado. El pistolero vuelve a reír:
- Esas son historias de gente a punto de desaparecer y que no será recordada. ¿No ves que siempre es mejor rescatar a la princesa, derrotar al gran dragón y superar la adversidad?
- Pero eso son historias de mentira – dice el niño levantando la mirada.
- ¿Lo dices por las hermosas damas dispuestas a casarse contigo por solo salvarlas? Ojalá fuera tan fácil… Pero volviendo al tema, esas historias pueden parecer mentira, pero eso no las hace menos hermosas. – El pistolero ríe por última vez.

 

Un gran rugido irrumpe detrás de una loma del desierto.
- Señor, ¡ya viene! – dice emocionada la pequeña.
- Pero… ¿era verdad? – dice el niño con algo de miedo ante el tremendo ruido que acaba de romper la armonía del lugar.

 

El pistolero se acerca a su caballo y monta. El niño busca con la mirada el monstruo que acaba de sonar, aun dudando de todo:
- Pero no es posible…
- Señor, cuando acabe su encargo, ¿nos llevará con nuestros padres? – pregunta la pequeña.
- Antes de medianoche, vuestra madre os estará arropando en vuestras pequeñas camas. Ahora espero que me animéis muy fuerte, porque vais a ver a uno de esas criaturas “imposibles”, y es muy grande. Voy a necesitar mucho apoyo – dice con una sonrisa.

 

Los niños comienzan a corear, al principio con timidez. El pequeño con algo de desánimo al escuchar a su hermana se va animando, hasta que los dos callan de repente. El caballo avanza unos metros hacia adelante mientras el monstruoso reptil alado comienza a rugir en dirección a ellos. Una criatura enorme, con escamas que terminan en pinchos que podrían acabar con la vida de cualquiera, unas crueles garras que podrían despedazar el caballo en cuestión de segundo y unas fauces que parecen una trituradora de carne, les mira con gula de no haber comido en días.

 

El pistolero asiente mientras murmura para sí mismo:
- Por qué coño me tocan siempre los más grandes…
- ¿Qué dice señor? – dice el pequeño intentando escucharlo mientras observa como la bestia se pone en movimiento.
- ¡Qué os pongáis a buen recaudo! ¡No durará mucho! – se apresura a corregirse el pistolero mientras anima a su caballo a comenzar a galopar.

 

De la silla desenvaina una preciosa espada que pareciese que su filo estuviera hecho de puro cristal blanco. La levanta en señal de carga, por encima de su sombrero de ala, mientras el caballo comienza a coger velocidad y los pequeños no solo pueden ver al dragón, también a ese caballero azul y grande que se dirige hacia la batalla con su espada, con su poncho roído medio desenganchado de su cintura, hondeando como una capa.

 

Y es que… ya no quedan caballeros como los de antes.