En la parte media del Aventino, hay una pequeña casa encajada entre varias. Hay que acceder a ella desde una pasarela de madera, sería el equivalente a un primer piso de nuestra era. Es pequeña, modesta pero muy acogedora. Las ventanas siempre están abiertas y se puede escuchar el alboroto de las hijas de los Voreno, el vecino de al lado en sus labores diarias. El bullicio por la mañana es sobre todo grande en esa zona, el patio vecinal es utilizado para que algunos despachen a clientes o para recibir visitas cordiales. A veces incluso para bendiciones o visitas de los sacerdotes de los pequeños altares del barrio.

 

Dentro de esa modesta casa, en la mañana siempre se escucha el canturrear de una pequeña. Alguien que se suele mostrar feliz, que cuando sale de casa es luz y sonrisa. Una pequeña que al verla pasar llena de gozo el alma. La niña pelirroja de grandes ojos claros, siempre ha tenido una visión despreocupada e infantil del mundo, aún no sabe lo que se abre ante ella. Es demasiado joven.

 

Pero hoy ese canto no suena. Hoy el ambiente está lleno de sollozos, leves quejidos y alguna nota de amargura.

 

Los pequeños velos blancos de la ventana levantan el vuelo con la brisa. Solo hay una cama en la casa, y Aurelia esta junto ella llorando. Su rostro es de tristeza, de dolor. Las lágrimas afloran por sus mejillas y con lástima mira hacia el lecho vacío. Alguien debería estar con ella en esa casa, pero se encuentra sola y desamparada.

 

Y es que ayer fue un día muy duro. Intentó salir a la calle a hacer los recados que él le había encargado. Eran pocos. Él es bueno con ella. Pero nunca está. En su andanza, topó con Vorena, la hija del vecino y tanto la muchacha como sus hermanas comenzaron a burlarse de ella.

 

Aurelia era huérfana y su tutor apenas paraba en casa. Las palabras de ayer realmente le dolieron e hicieron mella en su alma. Solo esperaba que él viniera y pudiera abrazarla. Comenzaba a ahogarse en su propio sufrimiento, no comía ni bebía desde ayer, se sentía descuidada.

 

La puerta sonó y ella levantó la cabeza sorprendida. El hombre entró en casa con aquella prenda azul colgada del cuello. Se aproximó a ella y le sujetó la barbilla.
Aguanta – le dijo él.

 

Ella se lanzó a sus brazos casi de un salto. Ese abrazo lo necesitaba de forma desesperaba mientras se desahogaba en un llanto que llenaba de forma sonora la habitación. Ese era el momento para ella de sentirse segura y poder soltar todo el lastre emocional que la arrastraba hasta lo más profundo de su ser. Mientras ella se desahogaba, él solo podía darle pequeñas palmadas en la espalda para que sintiera que está ahí.
- Todo saldrá bien, yo te protegeré.

 

Aquello era lo que Aurelia necesitaba escuchar. Se separó del hombre secando sus lágrimas y asintiendo con la cabeza. Él la besó en la frente y se incorporó. Caminó hacia el armario de la habitación donde sacó un gladius del armario y de nuevo se dirigió a la calle. Cuando la puerta sonó, ella volvía a estar sola.

 

Con la mirada perdida, Aurelia miraba la puerta recién cerrada. Habían sido solo unos segundos de desahogo, nada más. Ese hombre que veía distinto a los demás, con el rostro blanco y líneas azules en él, que la decía constantemente que pertenecía a un linaje de grandes constructores de armas y armaduras. Decía que tenía que cumplir una venganza, que daba caza a grandes lagartos llamados dragones y que proviene de una tierra muy lejana a la que ni los romanos pueden acceder. La tristeza comenzó a volver a inundar su corazón cuando se dio cuenta de que se había vuelto a marchar.

 

¿Era esta la vida que le esperaba? ¿Era esta la soledad a la que estaba condenada? ¿Cualquier cosa era más importante que ella? La pequeña sabía que había cometido pecados siendo tan joven. Pequeñas chiquilladas se podría decir, y una demasiado grave. Ahora su auténtica familia la repudiaba y la maldijo. No estaban en la ciudad y la dejaron abandonada. Esta vez Aurelia volvía a comenzar a llorar, pero en silencio. Si no hubiera sido por aquel hombre, no sabe que habría sido de ella. Ni tan siquiera está en su casa.

 

Durante un momento miró a su derecha, contempló la habitación vacía. Simplemente se quedó mirando, como si se hubiera percatado de algún detalle del que no se habría dado cuenta antes. Su desconsolado rostro y su respiración rápida comenzaron a relajarse un poco y finalmente asintió.

 

Con un hilo de voz, la pequeña lanzó las siguientes palabras desde su boca:
Volvemos a estar solas, ¿no Mihaela?