En una taberna de mala muerte de los bajos del Aventino, un viejo intenta regentar su negocio en tal lugar. Las peleas son frecuentes y los postillones y destrozos en muebles y madera son muy comunes, lo que le da al lugar, ese toque de humilde y artesanalmente remendado.

 

El horondo Boggan contempla los daños en esta mañana mientras se frota su enorme nariz. Desde su baja estatura observa con el ceño fruncido a los clientes de esta mañana. “¡Bah! Ellos no tienen la culpa” piensa para sí mismo y comienza a mascar palabras inteligibles para los demás mientras va a por sus herramientas. Sin apenas pelo en la azotea y vestido siempre de forma humilde con un enorme delantal manchado de grasa, es a veces objeto de chanzas de sus clientes, pero esta mañana se ve su mal genio desde muy lejos. Ni tan siquiera los parroquianos se atreven a preguntarle o chincharle.

 

El Gruñón está cansado de tantas peleas. La gente no encuentra la diversión en una buena historia, ¡vaya tiempos corren! Además, anoche aquel Eshu podría haber ofrecido grandes historias, pero su maldita obcecación en no rechazar un reto hizo subir el nivel de alcohol en sangre de los de alrededor y finalmente terminar en una confrontación no verbal. Fue una noche dura de recogida y ni tan siquiera aún pudo contar cuánto dinero ha perdido en muebles y vasos rotos.

 

Pero la mañana no parece ser una normal. Es día de mercado, pero a estas horas todo el mundo está intentando regatear un buen trozo de carne o las mejores telas en él. Hoy hay aquí algunos hombres, y entran otros cuantos más. Todos visten humildes y algunos llevan las marcas de sus amos en la piel. No es loco que algún esclavo se escape de sus quehaceres por tomar una copa de las sobras de lo que le dio su domine, al fin y al cabo, no pueden contar con muchos placeres. Solo los más pícaros encuentran algo de bueno en esa vida cuando se les rompen los esquemas del honor y la obediencia.

 

La taberna comienza a llenarse de voces, de gente feliz, de cantos. El Boggan recuerda porque no ha cerrado esta maldita chabola bajo tierra, porque disfruta de su trabajo y estos momentos. Su gesto comienza a retorcerse hacia su media sonrisa y las nubes de malhumor comienzan a disiparse poco a poco.

 

El viejo sirve una ronda de su peor aguarrás o algo que pensaba tirar a las calles antes de que comenzara a oler. Ya con las pérdidas de anoche, por lo menos que esas gentes creyeran que aquí podrían encontrar un buen lugar donde beber y que al menos pudieran ver el buen trato y servicio. Al fin y al cabo, gratis siempre es un buen precio.

 

El ambiente se fue animando más y más y la gente comenzó a hablar. Era el momento de que el Boggan recibiera su pequeña recompensa, esos secretos que fluyen en el aire, que tanta información llevan y que hay que atesorar como dones de la vida para estar enterado de todo cuanto les rodea.

 

Y es que la guerra estaba a punto de estallar. Roma estaba viéndose agitada por dos dirigentes que iban a chocar. Gneo Pompeyo el Grande, dedicado a los patricios y a aquellos adinerados, siempre supo mirar por el orden y el bienestar de los suyos, siempre trayendo la gloria a Roma. Su contrincante su mejor amigo. La prematura muerte de Julia dando a luz al estar casada con Gneo, no solo dio a Cayo Julio César el Conquistador, las ganas prematuras de bajar de la Galia, sino que despertó las envidias de su cuñado.

 

César era querido por el pueblo, había ganado varias guerras, conquistado territorio y cualquiera que haga cuentas, sabe cómo podría acabar esto. Unas cartas mal cruzadas y la guerra de la Galia finalizada hicieron que el Senado se moviera contra el César, buscando que se retirara, pero esa no era su idea.

 

La guerra civil se iba a cernir sobre Roma y el viejo Boggan sabía que los que sufrirían serían los de abajo. Las legiones comenzaban a moverse y los templos estaban agitados. Podrían venir tiempos muy oscuros y había demasiado adinerado con complejo de soberano con un fuerte sentido de honor hacia la República. Se dejaban la piel en pintar a César como a un tirano que arrasaría con todo y acabaría con Roma y esos comentarios peligrosos, comenzaban a fluir libremente y en muchas bocas en aquel lugar.

 

Un mal presentimiento recorrió la cabeza del Boggan acabando en un escalofrío recorriendo toda su columna. Instintivamente se colocó detrás de la barra para ver como legionarios comenzaban a descender por la escalera de entrada. Su mirada recorrió rápido la estancia buscando hombres de Erastes Fulmen, rateros o culpables por los que vinieran para señalarlos rápidamente. Pero no parecía ser el caso.

 

Los legionarios descendieron y se colocaron en fila en la entrada, unos doce en total, perfectamente alineados. Crearon dos filas y se colocaron delante de toda la taberna. Aún no tenía la atención de todos los parroquianos hasta que bajó el portador del estandarte, cubierto por la piel de lobo y tocó el silbato. Fue entonces cuando se hizo el silencio en la taberna.

 

Cuando los legionarios desenvainaron al unísono sus gladius y se dispusieron en posición de combate, la tensión se elevó en la estancia. De una sola voz, el hombre de la piel de lobo llamó al mesonero y el Boggan se limitó a tragar saliva y temblar. A la segunda voz tuvo que salir intentando que no le temblaran las piernas.

 

Se acercaba temeroso al hombre de la piel de lobo como aquel que da sus últimos pasos hacia la cruz. Cuando llegó, este se hizo a un lado y bajó una mujer que era fácilmente de reconocer en cualquier lugar de la ciudad. De estatura media, enlata en la armadura del templo de Belona con galones del ejército. Un pelo moreno a media melena y una mirada gélida como un témpano. Tener aquella mujer cerca hacía que su semblante feérico se agitara como si fuera en contra de todos los sueños. El Boggan era prácticamente un humano rechoncho y pequeño por su apariencia, alguien que resaltaba entre los demás por su naturaleza feérica, sus embustes y encantos. Puede que no fueran suficientes para la sacerdotisa de Belona.

 

Ella ahuecó su capa roja y buscó entre sus pertenencias un sello. Uno que mostraba la figura de una rosa llena de espinas. La reconoció al momento, solía ir marcada por la tinta azul. Sabía lo que eso significaba. La guerra no sería solo humana sino que Jarvinia había dado su primer paso para enfrentarse a La Tejedora de Sueños. Parece que las nobles hadas también iban a chocar.
- Llévaselo a tu señora, tendero. Ella especificó que tú debías volver con el mensaje.

 

La sacerdotisa de Belona hablaba autoritaria y con la mirada fija en el Boggan. Este solo pudo sortear la autoridad con la vista y decirle con un pequeño hilo de voz:
- ¿De parte de quien, mi señora?
- De Aula Annanea, sacerdotisa de Belona, cuarto regimiento en el frente contra Mitridates, avanzada de la X legión hacia Roma, fiel al César. – Volvió a responder autoritaria.
- ¿Y cuál es el mensaje? – balbuceó el Boggan sin entender la mayor parte de los rangos.
- Lo que llegue a tus orejas de duende desde la puerta, márchate.

 

Dicho eso la sacerdotisa se hizo a un lado. La taberna seguía en silencio y el Boggan miró una última vez atrás. La cara de preocupación de aquellos hombres con los que había compartido muchas mañanas y tardes no se le borrarían de la mente en toda su existencia. Salió a un paso lento, con un miedo atroz hacia la sacerdotisa, la cual no dejaba de observar a sus oponentes. Se marchaba pensando que por lo que es y su condición, es por lo que no estaba entre aquellos hombres. Solo esperaba que no sufrieran.

 

Al salir, el Boggan apretó el sello contra su puño y el pecho. Escuchó el silbato una vez más, los soldados avanzar y los gritos inundar la sala. En tan solo un minuto se volvió a hacer el silencio y él, comenzó a correr con lágrimas en los ojos para intentar encontrar a la dueña del sello y rezar a los dioses para que le consideraran digno de que un Sidhe le recibiera en la Corte.