En la parte media del Aventino, hay una pequeña casa encajada entre varias. Hay que acceder a ella desde una pasarela de madera, sería el equivalente a un primer piso de nuestra era. Es pequeña, modesta pero muy acogedora. Las ventanas siempre están abiertas y se puede escuchar el alboroto de las hijas de los Voreno, el vecino de al lado en sus labores diarias. El bullicio por la mañana es sobre todo grande en esa zona, el patio vecinal es utilizado para que algunos despachen a clientes o para recibir visitas cordiales. A veces incluso para bendiciones o visitas de los sacerdotes de los pequeños altares del barrio.

 

Dentro de esa modesta casa, en la mañana siempre se escucha el canturrear de una pequeña. Alguien que se suele mostrar feliz, que cuando sale de casa es luz y sonrisa. Una pequeña que al verla pasar llena de gozo el alma. La niña pelirroja de grandes ojos claros, siempre ha tenido una visión despreocupada e infantil del mundo, aún no sabe lo que se abre ante ella. Es demasiado joven.

 

Pero hoy ese canto no suena. Hoy el ambiente está lleno de sollozos, leves quejidos y alguna nota de amargura.

 

 

En una taberna de mala muerte de los bajos del Aventino, un viejo intenta regentar su negocio en tal lugar. Las peleas son frecuentes y los postillones y destrozos en muebles y madera son muy comunes, lo que le da al lugar, ese toque de humilde y artesanalmente remendado.

 

El horondo Boggan contempla los daños en esta mañana mientras se frota su enorme nariz. Desde su baja estatura observa con el ceño fruncido a los clientes de esta mañana. “¡Bah! Ellos no tienen la culpa” piensa para sí mismo y comienza a mascar palabras inteligibles para los demás mientras va a por sus herramientas. Sin apenas pelo en la azotea y vestido siempre de forma humilde con un enorme delantal manchado de grasa, es a veces objeto de chanzas de sus clientes, pero esta mañana se ve su mal genio desde muy lejos. Ni tan siquiera los parroquianos se atreven a preguntarle o chincharle.

 

El Gruñón está cansado de tantas peleas. La gente no encuentra la diversión en una buena historia, ¡vaya tiempos corren! Además, anoche aquel Eshu podría haber ofrecido grandes historias, pero su maldita obcecación en no rechazar un reto hizo subir el nivel de alcohol en sangre de los de alrededor y finalmente terminar en una confrontación no verbal. Fue una noche dura de recogida y ni tan siquiera aún pudo contar cuánto dinero ha perdido en muebles y vasos rotos.