Mientras caía al suelo, todo sucedía a cámara lenta y mi mente no podía parar de repetirse: “Nada ocurre sin un sentido, no existe la casualidad”

 

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Me veo a mí misma montando a caballo sorteando con presteza los árboles de los bosques templados que bordean la finca. Dejo que mi cuerpo se deslice suavemente por entre las ramas sintiendo el sol en mi cara. A mi lado, un chiquillo moreno corre a la par que el caballo, riendo y saltando. Nuestros caminos se entrecruzan trenzándose a lo largo de nuestra carrera.
- ¡A que no me coges!

 

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Estoy en mi cuarto, mirando mis manos pálidas y temblorosas, no sé lo que me pasa. Todo es gris y falto de color. Todo es silencio.

 

Mis manos. Blancas, cuando antes estaban llenas de color. Solas, cuando contigo siempre eran tacto. Vacías…

 

Me miro al espejo y veo una imagen simple de mí misma donde antes había dos. Estas paredes son las que me impiden llegar a ti y no puedo hacer nada… Solo vaciarme y quedarme hueca, sin sentido.

 

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Oigo una voz, eres tú.

 

Todo son escaleras bajo mis pies hasta llegar a ti y a tu abrazo infinito, inmenso que me devuelve a la vida. Respiro y grito que has vuelto y tus ojos brillan y tus manos cogen las mías y sé que ya no estaré sola nunca más.

 

Oigo las voces de mi familia tratando de llegar hasta mí pero no lo consiguen.

 

Me voy. Y cada uno de los pasos que me alejan de esa casa me recuerdan que la vida que ha de venir se hará contigo, que es desconocida, un enigma aún por resolver y eso, en vez de amedrentarme, me anima a seguir.

 

No puedo esperar a que sea mañana a tu lado todos los días.

 

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Reviso una y otra vez tus cartas. No sé nada de ti hace meses. La guerra te llevó muy lejos de mí para cumplir tu deber. Es lo único que tengo de ti y que me mantiene con esperanza.

 

Miro la luna a través de la ventana y me dice justo lo que necesitaba oír: “Ve. Corre. Podrás alcanzarle. Solo te lleva un poco de ventaja”.

 

Nunca se dejó coger pero esta vez no podrá escapar de mí. Me digo, mientras corto mi hermosa cabellera.

 

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Querido Diario. Hoy, igual que desde hace varios meses, duermo en mi camastro preguntándome dónde estará, ¿Seguirá vivo? ¿Servirá para algo todo lo que estoy haciendo? A veces dudo sobre el sentido de todo esto.

 

Cada día las instrucciones de mi general son más rudas. Más insistentes. Más crueles. Me piden llegar más lejos en mis viajes y cada vez es más difícil volver con vida. Me mira con desprecio sabiendo mi secreto y regodeándose en lo que puede hacer con mis servicios sin que pueda acudir a nadie.

 

No me importa. Su desprecio solo le mata por dentro a él.

 

Por la noche cuando me encuentro a solas abrazo tu foto bajo la almohada y nada de eso importa. Ya lo he pensado. No me importa morir. No le tengo miedo a la muerte. Ella me acompaña en cada uno de mis servicios. Es mi compañera de aventuras. Tan sólo espero que sepa acompañarme paciente mientras te busco.

 

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Sentada. Mirando al vacío. El sonido de los morteros cayendo a mi alrededor sólo puedo pensar en mi siguiente movimiento. Una mano en mi hombro.
- ¡Eh! ¿a donde vas sin mi?

 

Sonrío. Este Boggan siempre ha sabido sacarme de ese rincón de mi mente donde estoy sola. Con él sólo se puede tener una sonrisa, incluso en estas circunstancias.
- Iba… a avanzar. Tengo que avanzar.
- De eso nada, mujerzuela. ¿Te crees que te voy a dejar hacerlo sin mi? ¡Anda!, ¡Anda! Toma un trago de esto. Creo que los caballeros de allí en frente nos podrán permitir un descanso. Que sigan disparando… ya iremos cuando nos tomemos un trago.

 

Su mirada cálida y el contenido de su frasco hicieron efecto a la vez y de pronto esa habitación fría donde me encontraba yo sola en mi cabeza se volvió minúscula. Ya no cabía en ella.

 

Volví a mirarme las manos. Morenas. Brillantes. Él pareció leerme el pensamiento y las cogió entre las suyas con fuerza.
- Que no vuelva a verte haciendo tonterías, señorita. Ya sabe que desde que se juntó con este viejo jamás va a volver a estar sola. Bueno, salvo para ir al baño, ahora que ya se que no es... bueno, un hombre… ¿sabes? prefiero ir a descargar por separado. ¿Te vienes o qué?

 

Me alarga la mano como si nada, como si ese gesto le saliera sin más. Como si su amistad fuera un regalo que se da sin pensar. Como si no nos fuéramos a jugar la vida juntos.

 

Y así es como mis manos dejan de estar vacías

 

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El humo asciende haciendo formas en el aire. Creo verla a ella a mi lado. Creo verme a mí. Nuestros cuerpos se entrelazan y danzan en un torbellino lleno de nosotras. Su mano se deposita en la mía mientras seguimos observando cómo la magia asciende hacia el cielo azul que antes parecía gris. Me acaricia suavemente y es entonces cuando la miro a los ojos. Ambas lo comprendemos. Ya tenemos lo que estábamos buscando. Lo teníamos desde hacía mucho tiempo pero estaba tan cerca que no podíamos verlo.

 

El humo que somos se acaricia y besa. Nuestro pelo se entrelaza y une como enredaderas que crecen apoyándose la una en la otra. Nuestros labios se unen. Somos una, unidas desde la raíz.
-Señor… ¿por qué?
-Sois lo más preciado y puro. Sois lo que más aprecio. Llegará el día en que no pueda estar, pero os tendréis la una a la otra.

 

No todo es lo que parece…

 

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Miro sus manos temblando en el vacío y puedo recordar las mías. Puedo sentir que está donde yo estuve. Puedo sentir su desesperación como si fuera la mía. Puedo sentir su marcha sin mirar hacia atrás, sin echarse de menos en este mundo. Sin pensar en lo que deja sin él.

 

Le miro a los ojos. Está ido. Ya no es él. Es un recuerdo lejano.

 

Me aproximo despacio, sin hacer ruido, en silencio. Me arrodillo y abrazo sus manos con mis lágrimas.

 

No te vayas. Te necesito.

 

Es una verdad que necesita sentir. Es la única verdad que le haría quedarse ahora. Es la verdad que necesita oír de cada uno de nosotros.

 

Tú llegarás a ser un gran Rey porque conociste el horror y volviste…

 

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- Esto es extraño, no me acostumbro
- ¿A qué? No entiendo
- Al techo. Esta vida es la primera que recuerdo después de haber sido un espíritu del desierto. Todos mis recuerdos son de dormir sobre la arena y bajo las estrellas… No me acostumbro al cemento que no me deja verlas

 

Se levantó sonriendo, fue al interruptor del Bunker y apagó las luces. Me fijé en que sus manos habían cambiado, como lo hicieron las mías.

 

Ahí están. Donde antes sólo había desconchones de pintura y gris ahora refulgen brillantes y titilantes las estrellas que tanto conocía. El colgante que descansa dormido en el pecho de mi acompañante brilla sutilmente.
- ¡Mirad! Ahí está la constelación de la arquera. Si la miras fijamente puedes verla disparar su flecha. Esa estrella tan brillante es la punta.

 

De pronto todos nosotros estamos mirando lejos, muy lejos de allí, con la vista puesta en unas estrellas que existían, que no deberíamos poder ver pero que se muestran ante nuestros ojos. Nuestras manos están entrelazadas. Todos sabemos  que ya no somos los mismos y que nuestros destinos están ligados desde hoy para siempre.

 

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“Nada ocurre sin un sentido, no existe la casualidad”, eso es lo que pensé al verte de nuevo, al mirar tus ojos mientras caía despacio hacia el suelo, muriendo.

 

Todo el camino que había recorrido me había guiado hasta ese preciso instante.

 

Había aprendido a amarte, a perderte, a seguirte, a buscarte, a perderme buscándote. Estuve tentada de seguirte y podría haber sido un camino, pero ahora que por fin veo tu mirada sé que esa habría sido mi perdición. Habría sido un final posible… pero en vez de eso encontré el amor, encontré el apoyo dado y recibido y encontré cuál era mi destino en verdad.

 

Y ahora sí. Ahora después de haberme rehecho y haberme construido, después de ser más fuerte de lo que jamás habría creído. Ahora es cuando te miro a los ojos en mi último aliento sabiendo que fue bueno no haberte encontrado, porque fue así como me encontré a mi misma.

 


Autora del Artículo: Marina