Comienza a caer la noche. Tokarev me da un pequeño puntapié para que me despierte de aquél sueño en el que había caído sin pretenderlo. Estábamos bajo un montón de ramas, perfectamente dispuestas para camuflar nuestra presencia a ojos de esos alemanes. Cada vez quedaban menos, huían despavoridos ante el inevitable avance del Ejército Rojo. Sin embargo, nuestro mayor contingente aún se encontraba a cientos de kilómetros de nuestra posición. Nosotros éramos la vanguardia.


Miramos a nuestro alrededor. Todo está tranquilo salvo por el repiquetear lejano de las ametralladoras y el inconfundible silbido de las bombas al caer. "Estamos ganando" me dugo a mi mismo. "Se lo tienen merecido".


Comenzamos a avanzar a medida que lo hacen las sombras al ponerse el sol, cada vez con mayor brío, intentando avanzar metro a metro sin ser detectados. Cerca de nuestra posición hay un cuartel, no muy grande, pero del cual sabemos que contiene un amplio contingente de mandos tanto de los que visten de gris como los que visten de negro. "Wegrhmacht" y "SS". Mi alemán no es demasiado bueno.


Esta noche pagarán por todo lo que nos han hecho pasar. Llevaremos la guerra hasta su mismísimo hogar, donde se sienten tan seguros, a refugio de los muros que les resguardan del frío y del plomo. Mi camarada y yo hemos sufrido horribles pérdidas en esta guerra, todas producidas por la avaricia, la desidia y una sed de sangre irrefrenable. Hemos bebido del licor de la venganza, y esta noche nuestros corazones rebosan de odio.


Nuestros cuchillos ya han probado la sangre, nuestras botas ya han pisado cuerpos, nuestros fusiles ya han hecho diana, pero nuestras armas siguen hambrientas.
Entramos. Apenas hay vigilancia. Pobres descuidados.


La noche nos ampara y no dejamos de avanzar por la linde del terreno, observando, midiendo, analizando rutas de entrada y de posible escape en caso de ser necesario.
Contemplamos caras amargadas y abatidas, reflejo del sufrimiento de una guerra que pensaban que no les iba a tocar. "Y lo que está por llegar..." murmuro entre dientes mientras compruebo que hay una bala en la recámara de mi pistola.


Están muy juntos y son un gran número, demasiados para intentar un enfrentamiento directo. Miro al cielo y cierro los ojos. Han pasado ya varias horas, las brujas están al caer.


El regimiento 588 entra en acción y las bombas vuelven a caer sobre el terreno. Se van aproximando a neustra posición, pero saben que estamos aquí. Suenan las alarmas. Los nazis huyen al refugio.


Corremos detrás de ellos, buscando al último eslabón. El miedo se ve reflejado en sus rostros, pero nosotros queremos sangre. No nos basta con ser testigos lejanos, queremos sentirlo en nuestras manos.


Tokarev empuña el fusil, y yo salto de la cobertura y corro hacia aquél pobre infeliz. Lo agarro, intenta revolverse, pero mi mano no se lo permite. No le dejo articular palabra. Mi brazo comienza a apretar su garganta, impidiendo que respire.
Sin embargo...no era el último de la fila.


Noto tres cañones en mi cabeza, bajo calibre a juzgar por el tamaño y por la distancia de las voces de aquellos que las empuñan. "Detente", "Quién eres", "Cuántos sois". No pienso responder.

- Victor Korolenko, 467239KJU.- Es todo lo que pienso dar, mi nombre e identificación.

 

Me llevan preso. Sé que puedo morir, pero no me importa. Si salgo de esta se lo haré pagar, si no, me reuniré con mi familia.


Siguen las hostilidades sobre los alemanes, y comienzan a preocuparse. Apenas queda raciocionio entre los muros de aquél cuartel. Sonrío cuando piden a mi captor que me haga desaparecer. Nos hemos quedado solos.


Un disparo lo derriba. Tokarev ha entrado en acción. Huyo, corro de vuelta hacia la oscuridad, escuchando el silbido de las balas que esos kartofen lanzan hacia mi silueta. Los nervios, la oscuridad, el miedo, les impiden apuntar.


Todo se calma. No se escuchan bombas. No se escuchan disparos.


Ahora es nuestro turno.


Están encerrados en un edificio. Es la hora de demostrarles cómo se las gasta el Ejército Rojo. Comenzamos a ametrallar puertas y ventanas. Lanzamos molotov a las entradas principales. Van a salir, tienen que hacerlo. El humo dentro es asfixiante. Se escuchan los lamentos, los gemidos, los lloros. Tokarev y yo reímos.
Se escapan, no sabemos cómo, pero lo hacen. Eso nos enfurece.


Pasan los minutos. Hacemos guardia por si vuelven. No pueden huír de las instalaciones. Ocupamos la única salida.


Y sin embargo, algo nos dice que si los volvemos a ver, será en un número más reducido.


Desde las sombras vemos llegar a varios camaradas. Dimitri, Vostrom y el Camarada Comisario. Nunca nos atrevemos a pronunciar su nombre.


Nos ordena tender una emboscada, dejar que se crean que existe una mínima oportunidad de poder salir con vida de aquella situación. Obedecemos.


Sabemos que se acerca el final. Esta base ya está perdida, tan sólo es cuestión de tiempo. Tokarev me mira, inquisitivo. Desea derramar sangre, y yo también. Seguimos ocultos.


Aparecen los pocos alemanes que quedan, maltrechos, heridos, sangrando, debido a los estragos que nos habíamos encargado provocar sobre ellos. Nos miran, con la certeza en los ojos de que esta es la última parada del tren de sus vidas. Nuestras armas les apuntan, y el Comisario intenta tomar la palabra. A nuestro rado hay un carro blindado y ella emerge de él. Lleva una capucha roja con el símbolo comunista que cae por su espalda como si fuera una capa. Debajo el uniforme soviético. Nunca la hemos visto la cara, es por eso por la que le tenemos más miedo.
- Ya sabéis quiénes somos. No hacen falta más presentaciones. Uníos a nosotros o morid.- aquellas palabras me dejan un tanto extrañado. Ofrecer aquella oportunidad no había pasado en la vida, al menos yo no la recordaba. Pero ella era la comandante, y yo tenía una misión.
- Antes la muerte.- pobre idiota. A una señal, Tokarev abrió su cabeza como un melón con su fusil. El disparo resonó por todo el lugar, provocando más gritos.


Hubo un intento, inútil, de resistencia, y esta vez, fue mi ametralladora la que los silenció. Un grupo se vio entre la espada y la pared y se lanzó contra todos, fue ella quien cogió la mg del tanque y los aniquiló, nosotros rematamos los despojos. Los cobardes quedaron atrás. Ella bajó del tanque y comenzó a acercarse a ellos, a susurrarles cosas, a registrarles... Después dio paso al Comisario.


De nuevo, una calma extraña.
- Vamos, no seáis tímidos. enseñadnos vuestras credenciales para saber si sois o no prescindibles...- dijo nuevamente ella había algo extraño en aquél tono de voz. No sabría expresar exactamente el qué, pero no era algo cómodo de escuchar.


El Comisario se puso delante de todos, les hacían formar en fila india y cuando se acercaban, pisaban la bandera con el símbolo nazi. Una mujer se adelantó.
-Estas son mis credenciales.- Antes siquiera de que nos diéramos cuenta, una hoja apareció en su mano y acto seguido la hundió en su propio cuello.
El gorgoteo de la sangre brotando de su herida y de su boca sonaba como una hermosa melodía para nosotros.
- Fuera de mi vista.- arrastro el cadáver hasta la sala más cercana.


Vuelvo a la escena. Siguen con aquél juego, intentando prolongar lo inevitable.


Una mujer, decidida, le ataca a ella, bajo su capa roja. Hunde su puñal en su pecho. Llevo mi mano a la pistolera, pero ella se ríe. Lentamente, sujetando la mano de su asesina, se extrae la hoja. Ambos se contemplan. La víctima cierra los ojos.


Era inevitable.


Rhody hunde el puñal en el pecho de aquella mujer. Una herida de muerte. Intentan socorrerla pero no lo permitimos.
- Llévatela y viólala.- asiento ante aquella orden. - dice mientras entra en el blindado nuevamente y deja al Comisario finalmente al mando.


A pesar de la pérdida de sangre, aun patalea. Apenas le queda un hilo de voz, pero el suficiente para hacerme saber que aquello la repugna. Obligo a que me mire mientras profano su ser. Maldita ramera alemana, este es un recuerdo para que te lleves a la otra vida de lo que nos hicisteis.
Poco a poco deja de patalear. Poco a poco deja de respirar. Poco a poco, muere.
Un crío nos mira, de forma tenaz, sostenida, con una fuerza antinatural en sus ojos. Cuando un camarada se acerca a intentar corregir su actitud, el joven lo mata de un bastonazo. Antes de que pueda volver a esgrimir el arma, Dimitri, por la espalda, termina con su vida.
- ¿Quién te ha dicho que pudieras matarlo?.- el Comisario no estaba conforme.- Ya sabes lo que corresponde ahora. O acaban contigo tus camaradas o por el honor y la causa terminas con tu patética vida.


No tardó un instante en cuadrarse, saludar al comisario y llevar la pistola a su sien. Aparté la mirada hacia los alemanes que quedaban.


Sólo queda ella, sólo una pobre indefensa de rodillas entre todos los cadáveres y alguno que ha preferido vivir a seguir con sus principios.


Esta vez, nos ordenan a Tokarev y a mi que nos hagamos cargo.


La arrojamos al centro de la estancia, donde yacen ya dos mujeres más, destrozadas.


Ella nos mira, desafiante, con lágrimas en los ojos.


Le doy un puñetazo.


Mi camarada ríe, y ella vuelve a incorporarse, esta vez, con odio y rabia.
-Piedra, papel o tijera.- ella contempla con horror como nos jugamos mediante ese método infantil quién tiene el gusto de yacer violentamente con ella. Yo gano.


Me acerco a ella. Me quito los guantes. Acaricio despacio su mejilla. Es un gesto delicado, tierno, casi misericordioso, pero ambos sabemos que no deja de ser una pantomima.
-Siempre te tocan las guapas...pero ya sabes que a mí me gusta que giman, y esta está muy callada.- Tokarev vuelve a escena, posa el cañón de su fusil sobre la pierna de la mujer y dispara. Los gritos de dolor son casi insoportables.


Hago que se calle de una patada en las costillas. Abro sus piernas, ella intenta gritar, pero la hemorragia interna no se lo facilita. Voy a divertirme otra vez esta noche, lástima que sólo yo lo vaya a recordar.


A ella ya no le quedan más lágrimas. Tampoco ropa sobre su cuerpo. Toda su piel está llena de moratones, quemaduras, arañazos y cortes. Su mirada se clava en la mía, pero no veo odio. Veo dolor, cansancio y la necesidad de que todo acabe.
Me acerco a ella. Sin articular palabra, levanto su mentón, dejando expuesto por completo su cuello, a merced de mi cuchillo. El corte es limpio y profundo. Su cuerpo comienza a tener espasmos, mientras yo limpio los restos de su sangre de mi hoja sobre su espalda.
Entra Tokarev.
- Esto ya se ha acabado, seguimos avanzando.- observa cómo la mujer continua intentando mantenerse viva en vano. Vuelve a acerrojar su fusil. Yo ya he salido de la estancia cuando se escucha el último disparo que sonaría en aquél cuartel.


Autora del Artículo: Pau