Un brillo metálico en el suelo llamó la atención de Isera.

 

La sátyro del cuerno roto flexionó sus patitas para alcanzar el objeto que había encontrado. ¿Un imperdible? qué irónico.

—Qué suerte, así ya no puedes perderte —la estridente voz de Milky sonó a su lado. Isera siempre decía que le gustaba hablar con pookas porque tratar de comprender el significado real de su conversación era muy estimulante; sin embargo, esta vez las palabras de la mapachita le parecieron absolutamente reales.

—No, yo no, pero… —Isera se muerde un momento el labio en medio de una sonrisa por la ocurrencia que ha tenido. Se gira y busca con la mirada al chico de las Juventudes.

 

Ahí está, con el uniforme lleno de flores con las que la sátyro le estuvo adornando anteriormente. Solo tiene doce años, aunque es un niño alto y con arrojo. Su rostro feérico es más grande y más azul, pero se balancea sobre sus pies con vergüenza cuando ve acercarse a la chica con patas de cabra.

 

“Qué pequeño es…”. Helga, que se siente más Isera que Helga cuando está cerca de él, no puede evitar ese pensamiento intrusivo en su cabeza de vez en cuando. Ella es toda una señorita de dieciséis años, su familia ya le busca marido y está acostumbrada a moverse en círculos sociales de adultos… pero ahí está, parada delante del troll infantil que dice que la tiene en sus sueños y que la recuerda de vidas pasadas. Ojalá ella pudiera recordar más claramente…

 

Njord la observa con ojos enormes y brillantes, sonriendo dulcemente. “Qué pequeño es…”. Isera se acerca un poco más y engancha el imperdible en la solapa del uniforme del niño, que mira expectante.

— He sentido que tenía que darte esto —ella acaricia la pieza de metal imbuyéndola de Glamour y le mira a los ojos—. Es un imperdible, ya no te puedes perder. Ahora siempre te encontraré, no importa cuándo.

 

Él la mira sin palabras y la abraza con fuerza. Ella le da un beso en la mejilla antes de que otros changeling se lo lleven a una misión.

— ¡Tienes que volver! ¡No puedes perderte, que no se te olvide!

 

Isera le despide desde lejos con la mano. “Qué pequeño es…”.

 

Autora del Artículo: Ana Kato