— Por lo menos estoy contigo, por lo menos estamos juntos, al menos estoy contigo…

La sátyro repite estas palabras entre lágrimas como un mantra enloquecido mientras aprieta sus dedos entrelazados con los de un joven troll con la manga izquierda de la camisa desgarrada. Un soldado ruso con la cara manchada de sangre y barro les separa violentamente a la orden de su superior y les obliga a formar fila alejados. Isera, la sátyro, llora ahora desconsoladamente con la cabeza agachada. No se atreve a mirar hacia el cuerpo sin vida del pequeño dragón que había llegado hasta allí escondido en su ropa y que ahora yace en el suelo con el cuello partido por un redcap, el mismo redcap que les había ofrecido unirse a la Corte Oscura y que solo había recibido un “muerte antes que deshonor” como respuesta por su parte.

La fila avanza.
— Papeles.

Isera llora aún más al ser consciente de que lo ha perdido todo en la huida y que no tiene nada. El terror agarrota su cuerpo mientras escucha al ruso gritar con desprecio que le den una paliza y que la lleven a la sección de prescindibles. “Prescindibles”. La palabra resuena en su cabeza como si se acabara de quedar vacía.


Un borrón azul se lanza contra el soldado soviético en cuanto le pone la mano encima a la sátyro: el troll empuña su enorme martillo tratando de salvar a su novia y lo hunde en la cara del soviético.

Suena un disparo mientras se llevan a rastras a Isera, que solo puede gritar histéricamente el nombre del amor que había olvidado y recuperado.

— ¡¡Njooooooooooord!! ¡¡Njord!! ¡¡¡NJOOOOOOOOOOORD!!!

Las lágrimas apenas le permiten ver la sala en la que la han tirado y obligado a arrodillarse. Es sombría y húmeda, y hay gente tirada en suelo que no parece respirar, aunque ella siente que tampoco es capaz de hacerlo entre tanto sollozo.

El soldado intenta sujetarla y ella se revuelve, dando coces. “Pum”. Un disparo en la pata la hace caer definitivamente al suelo gritando de dolor, perdiendo también la tiara de cristal y forja que llevaba sobre la cabeza. El soldado sonríe macabro y se pone sobre ella.

— Sí, eso es, grita, así me pone mucho más.

Desde fuera, Njord escucha impotente los gritos agónicos de la mujer a la que ama. La sangre derramada se mezcla en el suelo con sus lágrimas y siente que la vida se le escapa del todo. “Te buscaré otra vez, eternamente”.

Njord cierra los ojos por última vez. No llega a escuchar el disparo que hace que los gritos de Isera, finalmente, cesen.


 Autora: Ana Kato