Creen que no somos nadie
Creen que estamos solo para hacer la vista más agradable
Creen que no sentimos o padecemos
Pero se equivocan… Lo hemos visto todo a lo largo de los años

 

La tierra era tranquila, aunque demasiado fría en invierno. Mis raíces no me permiten moverme, sino me habría ido a un paraje más cálido… Antes quizás. Pero la gente me aprecia y me cuida. Observo cada mañana desde mi posición el pequeño pueblo de humanos que viven felices y en armonía. Son todos uno para cualquier complicación, incluso para apartar los elementos de sus caminos.

 

La nieve hace la vida muy difícil, pero la sonrisa de los niños me llena de alegría cada día. Todas las mañanas vienen a jugar entre mis ramas o a mí alrededor. El sonido que emiten es embriagador y su compañía hace más llevadero el frio.

 

A veces, incluso los padres vienen. Se sientan a mi sombra, toman un pequeño tentempié. Jóvenes que vienen a darse su primer beso… Todo es hermoso. Mi existencia es plena y me encanta observar. Disfruto enormemente de este mundo.

 

Pero una mañana no había sonido de niños, ni gente a mi lado. Era ya cerca del mediodía y aún no había venido nadie. ¿Por qué? ¿Hice algo mal? Cada minuto se convirtió en una hora de la espera desesperante. Yo… no quise lastimar a nadie… Quería su perdón sin saber que había hecho. Los necesitaba en mi existencia. Ese día fue de los peores de mi vida por la agonía de la espera. Pero al día siguiente, lo comprendí todo.

 

Sonaban a lo lejos explosiones como si la tierra se abriera y se lamentaba. Algo que silbaba y cortaba el aire con un traqueteo de fondo. Grandes cadenas y pesados metales arrastrarse y moverse… Y pronto comenzaron a aparecer, con sus cascos grises y sus uniformes manchados de sangre. Se dirigían hacia el pueblo. ¡NO! Ellos no me odiaban, ¡se escondían de un peligro! Por qué esta gente invade esta tierra y comienzan a asesinarlos a todos. Por qué saquean a los habitantes del pueblo mientras fuerzan a sus mujeres y niñas. ¿Qué clase de monstruo puede hacer esto?

 

Pasó el tiempo… y no volvió nadie. Las llamas que encendieron aquellos hombres… lo consumieron todo. Comienzo a marchitarme porque la razón de mi existencia… ya no está conmigo. Echo de menos cada niño riendo o corriendo a mi alrededor. Noto como mi existencia se va apagando poco a poco. Hace muchas semanas que no veo a nadie pasar pero… de repente el ruido de aquel día se vuelve a producir.

 

Esta vez los hombres llevan cascos y uniformes blancos, otro tipo de palos que escupen fuego. Avanzan con grandes carruajes metálicos abriendo de nuevo los caminos de la nieve. Paso desapercibido para todos… Es mi fin. Nadie me volverá a querer como aquellos días.

 

Pero una figura se para ante mí, una distinta. ¡Todavía hay esperanza! Ellos no pueden verlo pero yo sí. Tapa a la muchacha una capa roja, con capucha y todo. No alcanzo a vislumbrar su rostro o mirada, pero según me doy cuenta de quién es. Se me hiela hasta las raíces solo de reconocerla. ¿Qué hace un fragmento del ensueño tan oscuro y retorcido vagando por este páramo? Muchas leyendas circulan sobre ella, ninguna buena.

 

Extiende su mano y la apoya en mi corteza, noto su calor. Ella me dice:
- Noto tu sufrimiento… - hace una gran pausa bajando la cabeza. ¿Pretende ayudarme? Rápidamente se da la vuelta hacia los suyos y dice en un tono tranquilo – Quemad este árbol.

 

Y así de triste acaba mi existencia. Varios duendes surgen de entre los hombres que marchan juntos, incluso algunos humanos se unen a ellos y comienzan a prenderme fuego. Tengo el corazón tan roto que no me duele lo que me hacen.

 

Morí hace tiempo con las risas de mis niños