Meine Ehre heißt Treue - Mi honor se llama lealtad

 

Sentado contra la pared, aquel rincón era el único lugar donde se sentía libre. Sostenía entre sus manos con fuerza aquel periódico con las características “SS” bajo el lema “Das Schwarze Korps” totalmente en negro. No pasaba un día que no mirase la fecha del semanario, que no coincidía con la de aquella tarde de 1941. Hacía memoria intentando recordar el día en que vivía, pero hasta su tiempo se había cubierto de nubes oscuras. Echaba la vista atrás y habían pasado ya veintiocho largos días de eso…


Cada recuerdo que había vivido con él se tornaba dolor. La tinta, como el glamour de un hada, se había diluido casi al completo, resbalando a causa de las lágrimas derramadas sobre aquel fino papel. Ya apenas se conseguía leer aquella lapidaria frase que le hundía a diario. “Lewis Steinner, Brigadier de las Waffen-SS, acusado de alta traición al Führer”.


No podía ser cierto. ¿Cómo iba a ser cierto? Lo veía claramente delante de sus ojos. Tan imponente con su traje negro… A veces, su piel era suave y rosada; otras, totalmente azul. Había sido como un padre para él y ahora, todo perdía sentido.

 

Ese hombre alto y apuesto le había enseñado todo lo que era ahora, todo por lo que había luchado. Todo el empeño que había puesto por que el pequeño troll desarrollase su Crisálida, cuando nadie más creía en que fuera posible, se esfumaba. Le había enseñado que el honor y la lealtad eran los valores más importantes para la nueva nación. Y ahora unas letras impresas decían ante todo el Reich que él los había traicionado y había pisoteado todos sus principios. “Es un hombre bondadoso y leal”, se repetía a sí mismo infinitas veces intentando negar lo obvio.

 

La cara del niño se manchaba de suciedad y lágrimas. Su uniforme llevaba días sin limpiarse. No había dejado de buscar ni un solo minuto. No cejaba en la idea de que debía ser mentira. Pensar que todo fuese una trampa tampoco mejoraba las cosas ¿Dónde estaban la lealtad y el honor si le hacían algo así a su mentor, el perfecto soldado? Lewis le había mentido. El mundo no era como él le había enseñado. Era un crío inquieto, ansioso de saber y cumplir. Había intentando comunicarse con él, buscando una respuesta a todas sus dudas. Y aquel mismo día; aquel sábado de Febrero había conseguido averiguar dónde habían recluido a su mentor. Incluso había conseguido el número de celda y las llaves de la misma. Sabía que colarse en el campo de concentración iba en contra de todas las leyes pero… ¿Qué leyes, cuando hasta el honor es corruptible? Ya no le importaba nada. Su desesperación era asfixiante.

 

Se levantó como un resorte, respirando hondo mientras abría los ojos. Cada vez estaba más convencido de que lo correcto era cometer una locura en contra todos sus ideales y en contra de su propio mentor. Salió corriendo por la puerta, dejando atrás el periódico y sus miedos.

 

Bien entrada la noche llegó a Flossenbürg. No le costó mucho meterse allí dentro. Sabía que lo complicado era salir. Intentaba hacerlo todo lo más rápido posible, como si su propia vida fuese en ello. Al llegar al pasillo, los ventanales superiores hacían llegar la luz de la Luna a cada una de las celdas. El olor y el ambiente de las celdas eran inhumanos. La higiene, inexistente. Abrió con cuidado la puerta que le separaba de todas las respuestas que iba buscando. Su mente ya volaba, imaginando a Lewis allí sentado leyendo algún libro o pensativo sobre la cama, asumiendo su propia muerte estoicamente. Ansiaba volver a verle, aunque fuese por última vez. Tan solo una rendija fue suficiente para que el niño quedase completamente paralizado. Sus ojos se abrieron como platos. Su mandíbula y sus pequeñas manos comenzaron a temblar. Su corazón se iba helando cada segundo que pasaba observando aquella celda llena de mugre. Carne humana. Pedazos de carne esparcidos por toda la habitación. Sangre tiñendo las paredes. Vísceras y partes incompletas de un cuerpo humano se mezclaban entre los retazos de ropa despedazada ¿Qué clase de monstruo podría…? La carne estaba a punto de pudrirse, los insectos acudían al olor como osos a la miel. El cuerpo del soldado no tenía forma, ni color. La sangre y la putrefacción lo inundaban todo. En mitad de aquel hediondo caos, advirtió clara la solapa del cuello del uniforme de Brigadier. Ahora solo era un trozo de tela ensangrentada pero aún permanecía la insignia con las dos hojas de roble. “Crece fuerte e inmortal como el roble de mi chaqueta, muchacho”. No podía evitar apartar la mirada, recordando la frase de aquel hombre que ahora permanecía descuartizado delante de sus vidriosos ojos llenos de rabia.
 

 

Autor del Artículo: JuanCa