Imre siempre creyó que el Das Gericht era un lugar mágico. Cuando las puertas estaban abiertas, las butacas se llenaban por completo con cientos de rostros sin nombre, de ojos ansiosos, que esperaban que los sueños tomasen forma. No importaba que la historia hablase de victorias o de familia, de guerras o que sencillamente fuesen cuentos para los más pequeños, en el instante en el que la música se elevaba en el aire, acompañada de cada palabra, cada mensaje, la gente empezaba a soñar despierta y esos sentimientos impregnaban las paredes con colores tan brillantes que parecía un lugar completamente distinto.

 

Cuando las puertas se cerraban, aquellos colores se desvanecían lentamente y daban paso a otros mucho más acogedores, colores que invitaban a sentirse en familia, protegido lejos de la desgracia y el hambre que estaba pasando la gente, era como un búnker que te aislaba del dolor con tal fuerza que ni siquiera una bomba podría entrar. Y en medio de todo aquello, organizando todo lo que fuese necesario a la par que se alimentaba de aquella sensación, el inmenso, viejo y azulado Adelbert se apoyaba en su bastón.

-¿Por qué me llamaste Imre, Adelbert? Detesto el nombre -dijo la voz de un joven inquieto.

 

El troll miró al pequeño travieso y dibujó una sonrisa paternal en su rostro.

-Me recuerdas mucho a mi hijo, mono, y por ello llevas su nombre -se encogió de hombros.

-¿Llevo el nombre de tu hijo? ¿Y no crees que se molestará cuando despierte y vea que su nombre ha desaparecido? -respondió el joven.

 

El troll rio ampliamente, sacudiendo su melena plateada y lo miró a los ojos.

-Ese nombre te protegerá de convertirte en un ladrón, o peor, en un mentiroso. Significa “Gran Rey”.

-¿Qué es una broma? Yo no soy un mentiroso, no es algo que pueda controlar, ¿eh? Va con mi naturaleza y… ¡Y tú mejor que nadie lo sabes! -dijo el pequeño mono, molesto, con los brazos cruzados y la cola arqueada.

- Mentir no te convierte en un mentiroso, Lully, de la misma forma que una corona no te convierte en un rey. Llegará un día en que mires a tu alrededor y solo veas tristeza, verás a tus iguales muriendo por la peor de todas las enfermedades, llegará un día en que veas a la banalidad devorándolo todo insaciable y será entonces cuando tendrás que levantarte por encima de todos ellos y recordarles lo que significa soñar. Ese día, Lully Sun, te convertirás en un rey y te habrás ganado tu nombre, tu título y tu bastón.

-¿Mi bast…? ¡Ahh!

 

Apenas había terminado la frase, el enorme troll le lanzó su bastón al mono sin esfuerzo alguno y este arrolló al joven Pooka seguido de un grito.

-¡Es el bastón más liviano que he cogido en mi vida! Apenas puedo levantarlo con una mano -dijo el mono, sorprendido.

-Es el peso de las decisiones que tendrás que tomar -el troll suspiró, miró su diestra y con una leve mueca continuó - Te lo digo tres veces, mono, ese bastón ha pasado de un rey a otro durante siglos, es mágico y en él se sostiene el Ensueño por el que tendrás que pelear algún día -tosió levemente. -Mientras no se rompa, nada podrá evitar que le cuentes una historia a un niño y con ello, protejas al mundo de nuestra extinción.

-Woah… -Dijo el joven, mirando el bastón. -Me desharé de él lo antes posible, te lo prometo -dibujó una sonrisa en su rostro, ilusionado. -Con él podría ganar la guerra…

-Cállate maldito Pooka -tosió bastante más enérgicamente, cogiendo al joven por las solapas de la ropa -No bromees con eso, ¿me oyes? ¡Este bastón debe usarse para empezar mil historias, no para terminarlas! -el enorme troll alzó la voz y esta resonó como un trueno por toda la estancia.

-Vale, vale… -Lully se separó con cierta dificultad, se sacudió el polvo de la ropa y dio media vuelta, empezando a caminar. -Haré todo lo que esté en mis manos para perder el bastón donde nadie lo encuentre, lo enterraré debajo de alguna piedra perdida en una historia de amor de esas que ya casi nadie recuerda, maldito troll cascarrabias…

 

El troll lo observó alejarse y asintió, con ciertas dudas mientras se llevaba la diestra a la boca antes de toser violentamente. Cuando separó la mano de sus labios, se miró la palma de la mano y suspiró profundamente.

- Maldito Pooka, no falles… -murmuró en voz baja.

 

Autor del Artículo: Zai