En el interior de la abarrotada  y oscura taberna, un hombre ríe sin mesura mientras fanfarronea con sus compañeros de mesa. El aire es denso por el calor humano del interior, el aire que destila un aroma a alcohol y sudor y la poca higiene del lugar, componen todos los factores necesarios para indicar que este no es el paraíso.

 

Teníais que haber visto a ese pobre idiota, no va y me dice lloriqueando que no puedo hacerle nada, porque está bajo la protección del Rey Arturo”, retumba en el pequeño local.

 

El hombre ríe mientras golpea la mesa con su jarra y todos los que están sentados con él ríen haciéndole coro. Sus risas y el alcohol les mantienen lo suficientemente entretenidos como para no darse cuenta de la alta figura que se acerca despacio hacia ellos.

 

De repente y sin previo aviso una mano agarra la cabeza del hombre y la estrella contra la mesa, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… el número de veces suficiente como para que con un desagradable crujido el hombre abandone el mundo de los vivos en un charco de sangre agónica. El agresor arroja sin mucho cuidado el cuerpo del hombre de la silla y se sienta ante la mirada de horror y sorpresa de varios parroquianos de la mugrienta taberna. Sus ojos grises como el acero fulminan a todos los ocupantes de la mesa, dando a entender que si se mueven su destino no será muy distinto al de su compañero. El hombre sonríe satisfecho y hace una señal para que le traigan una cerveza mientras comienza a hablar con total normalidad.

 

Sabéis, todo esto me recuerda a una historia, una historia sobre un Duque del tres al cuarto llamado Ruence, que una vez cometió el error de tocar las tierras de Arturo Pendragón…”

 

El camarero tembloroso trae una jarra de cerveza que el desconocido apura de un sorbo. Mientras señala impasible el cadáver que nadie se atrevido a mirar en el suelo.

 

“... su destino fue infinitamente más desagradable y su sufrimiento mil veces mayor. No hagáis que tenga que volver en carreta hasta aquí, o la próxima vez os demostrare pormenorizadamente todo lo que le hizo Lanzarote del Lago al Duque de Ruence.”

 

Dicho esto se levanta y sale muy despacio de la taberna, dejando tras de sí un silencio sepulcral. La taberna nunca volvió a ser la misma, el cuerpo no fue encontrado y las autoridades viven ajenas a todo. Eso sí… nunca más se volvió a pronunciar el nombre de Arturo en vano en aquella taberna.

 

Autor del Artículo: Eugenio