Érase una vez…

 

Un feudo recóndito perdido en un archipiélago de islas llamado Japón. Eran pocos los fragmentos del ensueño que habitaban la tierra. Una tierra tan rica en creación, Glamour y donde el Ensueño casi abraza a la realidad. Descubrirás ahora por qué hay tan pocos Changeling en esa tierra.

 

Las hadas eran gobernadas por un Emperador. Él era un asesino de cuentos el cual no le costaba destrozar el propio telar del Glamour con tal de llevar la razón. Su soberbia era infinita y tenía al pueblo sumamente subyugado. La creación estaba limitada y la banalidad cercana a sus habitantes, solo la riqueza de la tierra impedía que los espíritus del ensueño que querían florecer se marchitaran.

 

Hubo levantamientos en su contra, pero era el más poderoso de todos. Él se mantenía estoico, sonriente, con el iris rojo de sus ojos brillante a cada paso que daba. Solo murieron muchos, algunos incluso, a su mano y por hierro frio. Esto trajo la soledad y la tristeza sobre el feudo y los Changeling comenzaron a mermar en número. No solo estaban malditos en esa vida, sino que lo estarían en el futuro si revivía esa experiencia asfixiante en otra vida.

 

Pero entonces llegó ella. Una joven que no llegaría casi a la primera quincena de años. Perfecta en su comportamiento, con un alto sentido del deber y con el símbolo del clan Oda colgado del pecho. Esto le abría muchas puertas, pero también puso miras sobre ella, una fue la del Emperador.

 

Fue llamada al feudo y ordenó a la de su mismo linaje que se casara con ella. Ella entonó un solemne No. Él furioso buscó con su cólera arrojarle cosas con toda la fuerza que podía, pero ninguna llegó a acertar. Ella estoica solo observaba su pataleta. Cuando se cansó el Emperador comenzó a llamar a la guardia y ella le hablo claro:

 

“Tú poder no tiene efecto sobre mí. Vengo de la creación e incluso de más allá. Soy quien teje los sueños que conecta nuestras almas con nuestro destino y propio ser. Soy la Tejedora-de-Sueños y he venido a reinar sobre la gente que no mereces tener”.

 

El Emperador rojo de rabia mandó prenderla por sus más diestros guerreros. Ella ni tan siquiera se resistió. La maldijo e intentó vejarla de forma lamentable delante de sus hombres, pero no tuvo forma alguna. Ella ni dijo ni hizo nada y la condujeron hasta los calabozos.

 

Pasaron los días y el Emperador levantaba sin recuerdo alguno de la noche. Llamó a expertos al sentirse cada vez más débil, su iris rojo se había apagado y su poder apenas tenía efecto. Lo mantenía en la corte en el más absoluto secreto.

 

“Su majestad, ha perdido su ser. No hay alma dentro de su cascarón. Alguien se la ha robado.”

 

Según escuchó esas palabras el Emperador corrió a la celda de la muchacha. Ella esperaba, como si supiera que la visita estaba al caer, y con todo protocolo le dio paso a su humilde celda para escuchar su petición. Él dio un respingo al verla como si su piel estuviera muerta, sus ojos con un iris rojo, largas uñas negras y un polvo a su alrededor que podría ser el símbolo de su poder. Como una alucinación, volvió a su ser, al ver que la muchacha era la de siempre.

 

El Emperador comenzó a suplicar por su alma totalmente aterrorizado y la Tejedora-de-Sueños solo le observaba. Las sombras de la habitación comenzaron a moverse y el humo del techo comenzó a descender.

 

“Dame tu corona y te aliviaré de toda carga, a ti y a nuestro pueblo, o no conocerás otra vida.”

 

No dudó ante las palabras de la muchacha que bajo su dulce inocencia, la seriedad la tiznaba de un halo siniestro que haría a cualquiera pensarse dos veces negarle su voluntad. La majestuosidad de ella era demasiado grande y el poder del Emperador había mermado en exceso. Él accedió y depuso su corona.

 

La Tejedora-de-Sueños se convirtió en nuestra Emperatriz, pero no solo eso. Públicamente todos lo vimos. No habría piedad para el que se saltara las normas, no habría piedad para el que fuera en su contra. La piel del antiguo Emperador comenzó a ponerse roja como el fuego y el comenzó a lanzar alaridos de inmenso dolor. Su piel comenzaba a caer por girones hasta irse acumulando a su alrededor pequeños trozos de su propio ser mientras no paraba de gritar. La agonía duró varios minutos y ningún Changeling pudo apartar la vista.

 

Él murió y ella se sentó en su trono. Los Changeling comenzaron a vivir mejor, el telar fue restaurado y la creación y manipulación del Glamour volvió a su ser. Pero la Ley de la Corte Luminosa era fija y que ella pudiera robarte el alma, era algo que inquietó a muchos. Una mezcla de respeto y temor se formó en torno al nuevo gobernante, la cual era tajante en protocolo y cumplimiento de la ley, al igual que su padre, el héroe de Japón.

 

Así es como la hija de Nobunaga nos gobierna. Así es como mantiene los peligros del Ensueño a raya y establece la paz entre los nuestros. Mientras tanto, entre los humanos, la guerra no cesa desde hace décadas, pero está cercana la entera unificación de Japón y con ello por fin, la paz.