Cuenta la leyenda, que en la provincia de Ise, allá donde vive el emperador y que une el norte y el sur nació un niño, el primer hijo de un herrero, un artesano, que pese a ser famoso y acaudalado no era capaz de observar belleza en sus creaciones. Como primogénito se le impuso una vida tan regia como el acero que debería forjar. Debía estudiar los filos, saber cómo se luchaba con ellos y por supuesto, controlar el metal que los componía, y poco a poco empezó a notar que las armas tenían su propia alma., que estas le contaban cosas, consejos, poco a poco para mejorar su arte.

 

Durante su formación el joven aprendiz despunto en el arte de su padre, pero mientras que el padre vivía amargado, el joven pupilo creaba obras con belleza, armas cuyos cortes cortaban la roca y el metal, pero no cortaban una tela de seda. Su padre al tanto de todo esto le dijo “Deja de ilusionarte, niño, las armas, solo armas son y para matar es para lo único que valen”.

 

El negó a su padre “No padre, el honor del mayor samurái, empieza por su espada, por eso debemos hacer creaciones que pueda llevar todo soldado que se precie”. A cada año que pasaba el joven mejoraba su técnica y forjaba mejores creaciones, gente de todo Kanto venía a pedirle una espada y el a casi todos rechazaba. “No las entendéis” les decía.

 

El juicio que imponía el herrero era el siguiente: debían primero contarle por qué querían la espada, y un año después volver y decirle que habían aprendido sobre esta pregunta. Era fácil, pero la gran mayoría fallaba para el muchacho.

 

Un día llego a su casa un joven daimyo, apacible y bondadoso, le pidió forjar la mejor de las espadas, una que le hiciese imbatible ante cualquier enemigo, pues quería poder defender su reino. El herrero conmovido por como el señor feudal quería luchar al lado de los suyos le forjó una espada con elementos tan legendarios como su habilidad, dicen que uso un pedazo del cielo como hierro y el fuego del reflejo de un rayo de Amateratsu como candente para fundir el hierro. En esa ceremonia, mezclo los sueños del señor feudal, para darle el poder necesario para poder cumplirlos. También añadió parte de la sangre de propio herrero, para darle pureza para no ser contaminada.

 

El daimyo quedo contento, desenvaino y sintió como el dragón bendecía sus deseos. El daimyo empezó a ganar todas las batallas, al principio seguía el camino del honor, pero a cada sol que se ponía, su ambición y crueldad aumentaban. El herrero, sentía todo el dolor que provocaba su espada. Y en ese momento recordó lo que dijo su padre “Las armas, solo armas son y para matar es lo único para que valen”.

 

El herrero, dolido y furioso en la noche llamo al rio y a las llamas, al huracán y la tierra y les suplico venganza y el ataque de su ira cayó sobre el castillo del señor. Estas atacaron al señor y pese a que él podía defenderse de magia y espada, no podía hacerlo de los kamis que el herrero había convocado.

 

Cuentan que el herrero sigue moviéndose por Kanto, con su espada maldita y su alma en pena, llorando por todo el mal que ha causado. Cuentan adema su forja ha quedado fría para siempre, y puesto que solo trae desgracias, ha renegado de su arte.
 

Autor del Artículo: Osama