No entiendes el porqué de mi soledad. Solo quiero verla a ella. Necesito que sea lo último que vea en esta vida.

 

Fue hace mucho… demasiado tiempo. La memoria no es el mejor amigo de un viejo como yo. Mi vida era feliz y plena. Me dedicaba al pequeño comercio, baratijas, cosas que se pasan de mano en mano o incluso pequeñas joyas, nada muy extravagante. Mi clientela era habitual y nunca aspiré a vender a los de alta alcurnia. Eso hizo que esquivara muchos problemas que otros compañeros acapararon por la avaricia.

 

El lado malo era que pasaba mucho tiempo fuera de casa. Viajaba para tener buenos productos y tener algo con lo que mantenernos en casa. Porque fue ahí donde comencé a formar un hogar. Me acababa de casar con Mei. Todo era dichoso en nuestras vidas hasta aquel maldito día…

 

 

En el interior de la abarrotada  y oscura taberna, un hombre ríe sin mesura mientras fanfarronea con sus compañeros de mesa. El aire es denso por el calor humano del interior, el aire que destila un aroma a alcohol y sudor y la poca higiene del lugar, componen todos los factores necesarios para indicar que este no es el paraíso.

 

Teníais que haber visto a ese pobre idiota, no va y me dice lloriqueando que no puedo hacerle nada, porque está bajo la protección del Rey Arturo”, retumba en el pequeño local.

 

El hombre ríe mientras golpea la mesa con su jarra y todos los que están sentados con él ríen haciéndole coro. Sus risas y el alcohol les mantienen lo suficientemente entretenidos como para no darse cuenta de la alta figura que se acerca despacio hacia ellos.

 

 

El gotear de la sangre del vil metal al suelo. No hay mejor sonido en esta vida”, piensa para sí.

 

Los humanos solo se preocupan de su propio bienestar, se pierden en sus quehaceres diarios o intentan alardear del poder que tienen. Los pocos Changeling de esta tierra son despojos que se pierden entre ensoñaciones que nunca se harán realidad, solo con los dedos de una mano, y le sobrarían, contaría los que podrían serle útiles.

 

Sus pensamientos se rompen por una brizna de hierba que se mueve en medio del bosque, el objetivo de su vista cambia sin tan siquiera mover el cuello. Un desgraciado aldeano se acerca a parlamentar.

 

Balbucea ante él. Duda. Finalmente se tira al suelo implorando perdón. Él no se mueve, pareciera que ni tan siquiera respirase. Su impasividad es grande, ni tan siquiera mira al aldeano. El aldeano desgraciado intenta levantar la cabeza con miedo, parece que quien tiene delante no va a hablar, pero a él no le queda otra.

 

 

Érase una vez…

 

Un feudo recóndito perdido en un archipiélago de islas llamado Japón. Eran pocos los fragmentos del ensueño que habitaban la tierra. Una tierra tan rica en creación, Glamour y donde el Ensueño casi abraza a la realidad. Descubrirás ahora por qué hay tan pocos Changeling en esa tierra.

 

Las hadas eran gobernadas por un Emperador. Él era un asesino de cuentos el cual no le costaba destrozar el propio telar del Glamour con tal de llevar la razón. Su soberbia era infinita y tenía al pueblo sumamente subyugado. La creación estaba limitada y la banalidad cercana a sus habitantes, solo la riqueza de la tierra impedía que los espíritus del ensueño que querían florecer se marchitaran.

 

Hubo levantamientos en su contra, pero era el más poderoso de todos. Él se mantenía estoico, sonriente, con el iris rojo de sus ojos brillante a cada paso que daba. Solo murieron muchos, algunos incluso, a su mano y por hierro frio. Esto trajo la soledad y la tristeza sobre el feudo y los Changeling comenzaron a mermar en número. No solo estaban malditos en esa vida, sino que lo estarían en el futuro si revivía esa experiencia asfixiante en otra vida.

 

 

Cuenta la leyenda, que en la provincia de Ise, allá donde vive el emperador y que une el norte y el sur nació un niño, el primer hijo de un herrero, un artesano, que pese a ser famoso y acaudalado no era capaz de observar belleza en sus creaciones. Como primogénito se le impuso una vida tan regia como el acero que debería forjar. Debía estudiar los filos, saber cómo se luchaba con ellos y por supuesto, controlar el metal que los componía, y poco a poco empezó a notar que las armas tenían su propia alma., que estas le contaban cosas, consejos, poco a poco para mejorar su arte.

 

Durante su formación el joven aprendiz despunto en el arte de su padre, pero mientras que el padre vivía amargado, el joven pupilo creaba obras con belleza, armas cuyos cortes cortaban la roca y el metal, pero no cortaban una tela de seda. Su padre al tanto de todo esto le dijo “Deja de ilusionarte, niño, las armas, solo armas son y para matar es para lo único que valen”.

 

El negó a su padre “No padre, el honor del mayor samurái, empieza por su espada, por eso debemos hacer creaciones que pueda llevar todo soldado que se precie”. A cada año que pasaba el joven mejoraba su técnica y forjaba mejores creaciones, gente de todo Kanto venía a pedirle una espada y el a casi todos rechazaba. “No las entendéis” les decía.